Urban Issues: tres artistas enfrentando la ciudad

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Cada exposición en Arte San Ramón Contemporáneo sorprende. Paula Gómez, su directora, organizadora y curadora, no se limita a presentar una muestra de arte representativa de la creación actual en términos estéticos, sino que agrega siempre un propósito conceptual e ideológico.
Los expositores invitados realizan obras que corresponden a sus definiciones respectivas y a la sugerencia de su anfitriona en reunión previa, o las eligen entre trabajos recientes. A veces ambas opciones se suman, como es el caso de la actual colectiva de tres artistas indiscutibles: Ángel Urrely, José Almonte y Limber Vilorio.
La reflexión del espectador empieza por el título de la exposición, en inglés, que podemos interpretar irónicamente, como asuntos o “salidas” urbanas que suelen ser ajenos a nuestra identidad local, importados… La ciudad, cada vez más poblada e invasora en el territorio nacional –¡y ello no solo en el Caribe!– confronta incontables e insolubles problemas de circulación, alojamiento, sociedad. La calle asume un desmesurado protagonismo… el cual abarca el “street art”, con sus murales otrora salvajes y perseguidos, ahora valorizados… y coleccionados.
“Street art” y murales. Paula Gómez organizó un conversatorio apasionante, animado por los tres expositores, que eslabonaron el “arte de la calle” a sus propias concepciones y realizaciones plásticas, en término de elementos y ámbitos urbanos.
Ángel Urrely se refirió a la simbología de la fuerza en el toro y su transferencia arquitectónica, a las torres incontrolables, al avasallamiento por las edificaciones… José Almonte explicó cómo su ya proverbial hoja de papel y avioncito, al lanzarse se vuelve movimiento, atraviesa el espacio, se convierte en realidad adscrita a la dinámica urbana. Limber Vilorio, que, desde sus inicios en el arte estuvo inmerso en la urbe, en el tránsito caótico, los avatares de peatones y carros, defiende el “arte público” y los murales callejeros, susceptibles de dar otra dimensión citadina y estética.
Por cierto, Limber Vilorio, que la construcción del teleférico ha convertido en ejecutivo de murales y techos, visibles abajo y desde arriba, expresa que este “primer conjunto de arte a gran escala” sensibiliza a la gente y la enorgullece.
José Almonte tiene una experiencia singular con su mural cinético en la verja de la Biblioteca República Dominicana, movimiento de fuerzas al compás del desplazamiento de los transeúntes.
Ángel Urrely ha guiado, pedagógica y puntualmente, un mural que pintaron alumnos recién ingresados a la secundaria. Fue intervenida así una sección del mapa capitaleño con un resultado pictórico verdaderamente espectacular.
Obras expuestas. Paula Gómez expresa que “la temática de esta colectiva apunta a los valores estéticos, al sentido y el significado de sus contenidos que recorren fenómenos y relaciones tanto particulares como colectivas del escenario caribeño urbano, sus formas de vida y devenir actual en sus dimensiones espaciales, socioeconómicas y culturales”.
En conjunto, es una gran exposición que despliega, en varios espacios, pinturas, dibujos, “objetos”, técnicas mixtas y diferentes materiales, aportando una información fehaciente de tres personalidades ancladas en el mejor arte contemporáneo dominicano.
Ángel Urrely seduce con obras monocromáticas, pero, más que la frialdad, el azul, implacable e impecable, contribuye a comunicar los mensajes. Sus toros, más allá de bestias, son emblemas de una fortaleza obligada para “aguantar” o absorber el panorama inexpugnable de torres y cemento, contaminantes a distintas alturas, pero cada vez más genérico de las metrópolis o de las ciudades que aspiran a serlas, ¿como Santo Domingo?
La secuencia de cuadritos es apenas más jocosa, angular, puntiaguda, enlatada, y nos impresiona un tornillo gigante, ¡autorretrato según su autor! Estos dibujos pictóricos, al igual que los anteriores, a la vez desacralizan lo urbano y mitifican su reiteración inexorable. Una excepción: la ballena flotando entre las “pellizas” rojas… pero textura y color tampoco traen paz interior.
Limber Vilorio, otrora citadino compulsivo en su expresión plástica, convirtió el carro en el centro del mundo y sus males, propuesta a la vez reducida e inagotable –hasta convertirse en hermoso objeto traslucido, aunque atesorando casquillos de bala–…
Él enriqueció enormemente su “panoplia” creativa y sus investigaciones, tanto ópticas como matéricas que ahora volvemos a disfrutar. Sobre todo con el tiburón, se distanció aparentemente de la ciudad… sin embargo esta seguía presente en otro plano y criaturas.
Ahora, en dos grandes e impactantes pinturas y “collages”, el barroco, la fantasmagoría, la realidad ampliada se ritman y se explayan. El carro –que reapareció– se “encarama” en una nube rocosa… la metáfora irrumpe. Es una fiesta de colores, de luces y sombras, vertedero urbano mágico en busca de alguna poza límpida. Hay poesía, humor y nostalgia.
José Almonte nos ha acostumbrado a su avioncito, hiperrealista y auténtico “trompe-l’oeil” en tercera dimensión que ya buscamos, y ejerce una suerte de fascinación.
Su travesía en un contexto urbano del futuro, es especial y espacial, vuelto módulo de identidad que él maneja a su antojo… como si fuera un dron y “vehículo espacial no tripulado”. Aquí, se multiplica en conjuntos ópticos, dando vueltas –“One” or “Two ways”– en una superficie cerrada. Luego, dotado de vida e imparable, se enfrenta a otros elementos, objetos, geometrismos sensibles o abstracciones líricas, también en movimiento y de cromatismo intenso. Todo le puede suceder al avioncito, incluyendo su desaparición…
Finalmente, realidad tridimensional, José Almonte ha colocado decenas de avioncitos –hechos en papel de mascota– en la única instalación de la muestra: giran, se caen, se amontonan, dispuestos a retomar el vuelo… ¿Realidad y ficción? Ciertamente, la lectura del contemplador es discrecional.


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