Vale más muerto que vivo

Vale más muerto que vivo

SERGIO SARITA VALDEZ
Apenas arrimando a los 22 años hace cerca de cuatro décadas arribamos por vez primera a la ciudad de los vientos, Chicago, urbe picuda como solía llamarla un colega médico nicaragüense. A la llegada al aeropuerto internacional O’Hare fuimos saludado con una fuerte brisa invernal que se clavó como agudo cuchillo en lo más profundo de nuestro tropicalizado y muy dominicano árbol respiratorio. También hubimos de ser recibido con una intensa nevada que puso a prueba la capacidad de aprender a caminar en la nieve. Tras una media hora de inútil intento por mantener la postura bipedina en la marcha no nos quedó otro remedio que adoptar la locomoción cuadrúpeda que desde la infancia ya creíamos olvidada. Solamente así logramos llegar caminando al sitio de trabajo, el hospital, que distaba unas cuatro cuadras de los apartamentos en donde empezábamos a residir.

Otra sorpresa en la añorada tierra de Lincoln lo fue aquella expresión de un señor muy maduro de origen europeo quien mientras llenaba un formulario de seguro nos dijo: en el mundo todo se puede medir. Esta insólita aseveración la hizo mientras calculaba en una tabla de valores el precio de nuestra vida. Sin sonrojo ni bagajes levantó su vista del papel que llenaba y mirándonos fija y seriamente a los ojos sentenció: usted vale diez millones de dólares. Confieso que me puse frío ante semejante juicio puesto que en mi corta existencia había aprendido que la vida no tenía precio, sin embargo, allí estaba aquel individuo tasándome como una res con toda la naturalidad del mundo.

Admito que siempre me resistí a aceptar como bueno y válido aquel peregrino y materialista concepto de lo que representa un ser humano en la sociedad de consumo donde nos ha tocado agotar las dos terceras partes de la media de vida. A pesar de esa obstinada negación, hemos de admitir el consenso generalizado predominante en el que se arguye de que cada persona tiene un determinado precio.

Para aquellos todavía testarudos e incrédulos como quien suscribe, véase cuanto estarían unos familiares dispuestos a pagar por el secuestro de un ser querido. De igual manera obsérvese la cantidad de dinero que ofrece una aseguradora determinada por el brazo de tirar de un buen lanzador de grandes ligas. De un modo similar, lea con detalle las cláusulas de una buena póliza contra muerte o accidente en la que se ofrece pormenorizadamente las cifras a pagar por la pérdida de ojos, oídos, manos, brazos, piernas, etc.

Una breve hojeada por Europa permite al visitante casual darse cuenta de lo alto que valoran allí a sus difuntos. Fui testigo presencial de lujosísimos mausoleos en la ciudad de Barcelona, España, así como en la Viena de Mozart y los Strauss. Pareciera como si aquella gente siguiera la vieja tradición de los egipcios en la cual los faraones descansaban en las pirámides con una mejor protección a sus restos que la ofertada a sus cuerpos vivientes.

La reverencia y el respeto con que los ciudadanos se acercan a esos sacrosantos lugares inducen a pensar que esos cadáveres son honrados como tal vez nunca llegaron a imaginarlo sus dueños. En el mundo civilizado sus habitantes aprenden a venerar y a respetar la memoria de sus difuntos. El mas fiero de los enemigos en vida se inclinan reverentemente ante el féretro de quien otrora fuera su oponente.

Seres como Jesucristo, la Madre Teresa de Calcuta, Mahatma Ghandi, José Martí, Juan Pablo Duarte, Simón Bolívar representan muertos que se crecen en valor a medida que se alarga el tiempo de su partida.

Cada día que pasa se fortalece más mi sólida convicción de que para los dominicanos que mantenemos la fe patriótica, la figura de Juan Bosch sigue agigantándose, y que por su ejemplo y enseñanzas ahora vale más muerto que vivo.

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