Veloz Maggiolo: Mi padre fue como el maestro con un único alumno

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No fue bombero como quería en su infancia, pero logró apagar sus fuegos interiores con una imaginación poderosa, cualidad excelsa que al influjo de su acendrada vocación y voluntad inquebrantable, permitió a Marcio Veloz Maggiolo narrar, con la pasión y maestría que lo hace, los mundos mágicos que emergen de su mente fecunda.

Su prosa entremezcla realidad y fantasía, personajes y episodios de la cotidianidad engarzados en la Historia. La realidad inventada, creencias, tradiciones, mitos rescatados de los que surgen nuevas leyendas.

La novelística de este maestro de la literatura evidencia un profundo conocimiento de la cultura y de historia dominicana desde tiempos ancestrales, manejando con gran pericia la intemporalidad, en un ir y venir entre pasado y presente. Aborda una gran diversidad temática: los efectos de la dictadura trujillista, la Guerra de Abril, el mestizaje, Villa Francisca, el barrio que crea y recrea, inventa y reinventa.

Veloz Maggiolo introduce notables cambios formales y estéticos en la estructuración de sus novelas y cuentos. Experimenta, rompe esquemas, innova.

Disfruta el proceso creativo, los hallazgos sorpresivos, un chispazo, una idea. “Ah, pero yo puedo escribir sobre eso”. Toma nota, enriquece… Un tiempo de maduración que puede tomar años o apenas días. Cada novela tiene su mundo, su proceso.

Inspiradora influencia. Su vocación comenzó bajo la inspiradora influencia paterna, fundamental en la estructuración del sustrato cultural, en la formación intelectual iniciada en la infancia, dando voz al poeta, altos vuelos al narrador.

“Diría que papá fue como el maestro que tenía un único alumno”.

Probablemente la intuición del padre le hizo vislumbrar el gran potencial del hijo, y comenzó a labrar la mente dúctil del niño, con quien se sentaba a leer y a comentar poesías.

¡Su maestro! De él aprendió que la lectura es esencial, le enseñó el valor del autoestudio, la importancia de la voluntad.

“Mi papá fue un modelo de fuerza de voluntad. Él decía una cosa interesante, que el desarrollo del espíritu se sabía por la capacidad de la voluntad”.

La fuerza volitiva que al hijo permitió trasladar de la mente al papel mundos imaginarios, cultivarse y cultivar el arte de escribir, plasmando su pensamiento en poemas, novelas y cuentos, ideas traducidas en textos de gran musicalidad, de cautivante lirismo, salpicados de sátira y humor, de brillantes y atrevidas metáforas.

La determinación con la que logró la profesionalización como escritor, revela su permanente laboriosidad intelectual, tarea de vida que implicó gran esfuerzo.

__Yo siempre he sido una persona de una voluntad muy férrea, además cabeza dura, con apoyo familiar, el apoyo de mi padre y de mi mamá era fundamental”.

El castigo no fue el método utilizado por dejar de estudiar, cuando era “un estudiante mediocre en secundaria”, transformándose luego en un alumbro brillante en la universidad.

__¿Y cómo es que has cambiado?, le preguntaban sus amigos.

__Creo que en el organismo humano y en el medio ambiente se producen cambios que uno no explica, como si fueran cambios físicos o síquicos, y uno encuentra la vocación, lo que genera el entusiasmo.

El entusiasmo llegó en la universidad, tras desistir del derecho e ingresar a filosofía y letras. “Me gradué con muy buenas notas”, expresa quien fuera un joven tímido, inconsciente de su potencial, de su capacidad para escribir, crear, fabular.

La timidez se esfumó al constatar que en muchos casos podía competir con profesores. “Yo sabía cosas que ellos no sabían, pero nunca les falté el respeto”.

Como su vocación, sus prioridades eran culturales. Atraído por la literatura y el arte, vivía inmerso en un mundo cultural. Asistía a los cursos del Instituto de Cultura Hispánica, estudió pintura en Bellas Artes. Un alumno aventajado de Gilberto Hernández Ortega, Yoryi Morel y otros grandes pintores que inspiraban, al igual que prominentes profesores universitarios interesados en que el estudiante aprendiera, aprendiera a pensar.

Lector voraz. En su familia había una tradición literaria. Su vida de lector comienza en la niñez con los libros del pequeño estante de su padre: clásicos, poetas, teósofos, Los grandes iniciados, de Edouard Schure, Zanoni, de Sir Bulwer Lytton, obras de Helena Blavatsky.

“Importantes obras de teosofía que fueron como una luz para mí porque yo nunca he sido un materialista del todo. Pienso que la materia tiene también su característica espiritual, la materia contiene también la divinidad, de otra manera, es otra actualidad de la creación, son actualidades de la creación”.

Leyó Las vidas paralelas de Plutarco a los 12 o 13 años, porque su padre lo tenía. A esa edad había leído mucho. Se concentraba, la lectura lo trasladaba a un mundo interior.

“La gente me dice y ¿cómo es que tú haces tantas cosas? Bueno, porque yo me interesé en muchas cosas. Si cuando tú tienes el cerebro blandito, como dicen, te interesas en una sola cosa te haces un especialista, si te interesas en muchas te haces varias veces especialista”.

“Eso tiene como un corolario que uno se hace especialista porque se dedica a fondo y abandona temas o espacios de la cotidianidad para dedicarte enteramente a otros. Entonces, yo hice en su momento muchas cosas, algunas cosas, y en su momento otras. Ahora, cuando tú reunes todo ese saber, tienes una memoria de todo”.

Añoranzas. En retrospectiva, Veloz Maggiolo se pasea por los años 40, 50. Cuenta anécdotas, recita versos infantiles, canta fragmentos de boleros, evoca los cultos evangélicos a los que asistía de mano de la madre, la lectura de la Biblia en “Manzanas de Oro, colección encuadernada que le regaló su abuela, conservada por un pariente en Washington.

No olvida los himnos a Yavhe, enfatizando que “hay dos Yahvé, un Yahvé cristiano, porque para Cristo la imagen de Jehová era positiva y buena, todo bendición, para los judíos no”.

“Para los judíos era un ser vengador, no ves cómo están tirando bombas. Han convertido la zona de Gaza en un infierno, un infierno, es la mentalidad del hombre la que decide el futuro de la humanidad”.

Villa Francisca. En un rincón muy preciado de su memoria está Villa Francisca, “un barrio tranquilo con vecinos de gran calidad humana, había una moral, la moral barrial”, dice añorando el respeto, la actitud positiva hacia las personas, la solidaridad perdida.

“Un mundo edénico a pesar de la dictadura, que estaba más allá de nosotros, vine a enterarme en los días de la invasión del 14 de Junio, porque cuando la invasión de Luperón, todo el mundo acogió eso como un heroísmo del dictador: ah invasores que venían contra la patria, eso es así. Yo era un niño, tenía 13 años, en las casas no se podía hablar, porque uno podía meter la pata en la calle…”.

Con pormenores recuerda la vecindad, las mudanzas de una a otra calle siempre en casas alquiladas. Patio con patio con los cabareces que llenaron de música su infancia, los juegos de pelota en la “calle del pantalón”, la José Reyes, mientras Norma Santana, una linda muchachita espigada de 13 años, los miraba desde el balcón.

__Desde ahí se sentía la represión de la dictadura, cuando jugábamos en la calle la policía se lanzaba a capturar los muchachos como si fuéramos perros. Una vez me llevaron preso delante de mi papá, que tuvo una discusión con el oficial. Eran las pruebas del poder.

En la calle Jacinto de la Concha, en una casa con tres piezas, una de las cuales habitaban, al lado del café de Flor Cabrera, desde donde oía la música. “Me acuerdo de los primeros boleros… siempre viví patio con patio con cafés, con el Habana Madrid también”.

Los patios separados con planchas de zinc, “simplemente una separación mental porque la vecina Fidelia te pasaba una taza de habichuelas con dulces en Semana Santa…, al otro día, vecina este locrito de arenque quedó muy bueno”.

“Eso es parte de mi memoria”, como el chisporroteo del peine de alisar cabellos, al calentarlo en un anafe con carbón del mangle que crecía a orillas del Ozama. Recuerdos como los boleros de Jesús Cabrera que oía a los cinco años: Valle plateado de luna, sendero de mis amores… “Lo que más me impresionaba como niño fue escuchar cuando decía “una manita blanca que me dice adiós”. La canta, y a seguidas memoriza la de un trío puertorriqueño:

Una tórtola voló, otra se quedó en su nido, hoy se escuchan sus gemidos…

Todo se fermentó, las lecturas, la música, la memoria en la que quedan indelebles sus vivencias en el barrio, las secuelas del trujillismo, tradiciones, mitos taínos… Las conservan sus libros, que impiden el olvido.

En busca de su ancestros

Veloz Maggiolo se adentró en sus orígenes, interesado en sus ancestros viajó a Rafaldo, Italia, donde visitó los archivos, obteniendo una vasta documentación sobre los Maggiolo desde el siglo XVII. Eran armadores de goletas, todos ligados al mar, incluso Bartolomé Colón y un Maggiolo trazador de rutas se conocieron. “Yo nunca fui al mar, a mi siempre me gustó la tierra. Hice un curso de navegación pero nunca navegué“.

Su abuela, Hipólita Núñez Cabral, de San Cristóbal, fundó aquí la Iglesia Evangélica. Era nieta de Julia Cabral, hermana del general José María Cabral y Luna.

__“Soy descendiente de él, mi bisabuela es Julia Cabral. __No lo sabía. __Ni yo tampoco, me enteré hace poco. __Tengo historias de mi abuela muy interesantes, porque conoció muy bien al general Cabral, que se la sentaba en las piernas. Ella me hablaba de cómo era él, decía que tenía la cabeza muy dura porque una vez le dio una bala y se cayó.

El padre de doña Hipólita fue un militar español de apellido Núñez que vino con la intervención española del sesenta y pico, murió aquí del cólera. “Ella quedó en manos de las hermanas del general Cabral, que la criaron, le decía tío José María. Le decíamos mamá Fella, murió a los 96 años de una caída, estaba totalmente invalida, varada por la artritis.

“Mamá era hija de un comerciante descendiente de italianos, Américo Maggiolo, le decían Cuco, hijo de Bartolo Maggiolo que era nieto del general Juan Bautista Maggiolo, era mi tatarabuelo, fundador de la Armada Nacional con Juan Bautista Cambiaso.

Juan Bautista Maggiolo se fue para Italia, dejó sus bienes aquí y no pudo regresar. Vino su hijo Bartolo Maggiolo, pero enviudó y casó en el país con una señora apellido Ravello, con doble ele. Él era Bartolo Maggiolo Ravello, su bisabuelo, le decían Bartolito.

La madre siguió la línea de los italianos radicados en el país, dedicados a la venta de ropa, relojes, sombreros. __Mi mamá era comerciante, vendía ropa en la calle… así era mi abuelo Cuco, era fabricante de caretas para los carnavales, el hombre que más cuernos ponía en la ciudad, le decían. Tenía su tienda en la calle Mercedes. Y además era un enfermo con la música, si no el primero fue uno de los primeros que tuvo aquí un aparato de oír música de rolo, la aguja iba arriba y los discos eran como un rolo, tenía gran cantidad debajo de la cama”.

ZOOM

Autoeducación

Veloz Maggiolo nació cuando su padre tenía 50 años y la madre 30, único vástago de don Francisco y doña Mercedes, con dos hermanos procreados por su progenitor en un matrimonio anterior. “Era hijo de dos personas mayores. En ese período de soledad viví una vida íntima con mi papá… y nos sentábamos en la galería de casa, yo le preguntaba cosas”.

“El tenía una experiencia de la vida muy grande, fue militar en el gobierno de Bordas, músico, tabaquero, diversos oficios como en esa época ocurría en la vida de quien tenía un octavo curso. Buscaban una preparación mayor a base de la autoeducación, que fue lo que yo aprendí mucho con él. Papá me decía la escuela es importante, pero también leer es más importante, a veces que la escuela, si lees sabes más cosas que el que te está enseñando.

A los libros del padre y las novelas de Emilio Salgari que le llevaba su tío Luis Veloz, se sumaron novelas de Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Dostoyeski. Tuvo acceso a la enorme biblioteca de Fernández Spencer, “ahí leí cosas que aquí nadie leía” Bajo su orientación conoció casi toda la poesía europea de la época, la poesía española, Vicente Alexandre, Luis Rosales, José Hierro, poetas como Blas Otero, no conocidos todavía. Fue gran lector de Historia y Filosofía, Julián Marías, Kant, Ortega y Gasset. Leyó los existencialistas, Sartre, Camus, las novelas bíblicas de Lagerkvist.