¡Venezuela atormentada!

Guido Gómez Mazara.
Guido Gómez Mazara.

Cuando los venezolanos decidieron cerrar el ciclo político estructurado desde el Pacto de Punto Fijo, transformaron un coronel en héroe. Hugo Chávez derrotaba a Salas Romer, y desde ese momento, en todo el continente se estimuló el fenómeno de los outsiders como respuesta a un sistema partidario incapaz de asociarse al manejo correcto de los fondos públicos y con una enorme capacidad para elevar a norma de conducta generalizada prácticas de corrupción inimaginables.
Aquellos años idílicos donde la factura petrolera sirvió de estímulo y avance de proyectos de izquierda tocó fondo. Años de poder, excesos de toda índole demostraron que más allá de la retórica revolucionaria existía una naturaleza humana que, saltando los componentes ideológicos, reprodujo los vicios que decían combatir. Se enriquecieron, edificaron instituciones a su servicio, hicieron del poder judicial y electoral cajas de resonancia, caricaturizaron la oposición y pretende eternizarse en los ojos de la comunidad internacional.
El domingo 20 de mayo la tormenta autoritaria se revistió de celebración de elecciones en Venezuela. Dos “aspirantes” cantinflescos y un órgano institucional dictaban una “victoria” que retrata la derrota de un modelo político. De paso, una comunidad internacional que, salvo reconocidas excepciones, tolera y se torna cómplice frente a un vendaval de excesos, violaciones de derechos y presos políticos que “desaparecen” de la vista de observadores como, José Luis Rodríguez Zapatero y su vergonzante presencia en suelo bolivariano.
Nicolás Maduro expresa una visión de poder degradada e incapaz de someterse a reglas democráticas porque teme su salida del Palacio de Miraflores y las consecuencias procesales de su administración. El mundo cambió, y nada se torna tan frágil como un ex presidente. Y en un contexto internacional donde ex mandatarios reciben sentencias, enfrentan encausamientos penales y pasan del solio presidencial a prisión, todo es posible. Ese afán de perpetuarse no sólo responde a las clásicas argucias sino que la justicia ya no conoce fronteras, y por vía de consecuencia, la vida podría agitarse frente aquellos políticos que utilizan su estadía en la administración para toda clase de excesos.
Lo que fracasó en Venezuela es el resultado de una concepción incorrecta de la sustitución del viejo orden político. En la tierra de Bolívar, el método no cambió sino que los actores reprodujeron las falencias sistémicas. Antes, con rostro de Adecos y Copeyanos, y ahora con el desmesurado crecimiento de los boliburgeses que calcan en la práctica los vicios que tanto su país como el mundo creían superados con la salida del dictador Pérez Jiménez.
Transitar la senda del cerco de la comunidad internacional y los prejuicios de la administración norteamericana para justificarse frente a indicadores alarmantes en ámbitos sensibles como salud, seguridad, economía y desigualdad constituyen una torpeza sin precedentes. La realidad es que el modelo encabezado por el actual mandatario venezolano se corresponde con una visión del siglo 19 sobre gestión pública y políticas de desarrollo que revirtieron el avance de una sociedad, innegablemente penetrada por acciones corruptas de su clase gobernante, pero exhibía aires de libertad inexistentes en la actual coyuntura.

Es innegable que la principal cuota de aportes a la solución del drama venezolano corresponde a sus ciudadanos. No obstante, la voluntad de la comunidad internacional debe jugar un rol de mayor eficiencia. Por eso, bajo ningún concepto podemos confundir el apelar a valores establecidos con claridad en la Carta Democrática con la fascinación injerencista, impropia del actual contexto internacional y etapa superada en el continente.

Nosotros, los dominicanos, no podemos olvidar las largas jornadas de solidaridad de Venezuela en momentos de tormento autoritario aquí. Tanto la ciudadanía como la administración gubernamental debemos acompañar a un país atrapado por un gobernante autoritario, desdeñoso de la cohabitación y reflejo de un comportamiento político distante de las normas democráticas. ¡La patria de Bolívar merece vivir en libertad!