¡Vergüenza!

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Es ya una costumbre, muy dominicana, la apatía que nos envuelve para no hacer nada ni protestar cuando las cosas andan mal y nos acostumbramos a ese estado de calamidad. Ni siquiera nos quejamos, para tranquilidad de las autoridades irresponsables.
Tan solo cuando ocurren tragedias, que estremecen la adormilada conciencia nacional, es que nos espabilamos y se quiere poner candado después del desastre. Y en los días finales del pasado año el país se convulsionó por algunos días con la ola de muertes por culpa del consumo de una bebida artesanal como el clerén, que desde hace años se produce y se trasiega en Haití y en los pueblos fronterizos.
Es de una venta pública aceptada por las autoridades que conocen de los sitios de elaboración, almacenaje y sistema de distribución. Tal como detalló Sergio Sarita Valdez en su artículo “Gallos y Clerén” en su columna semanal del martes 2.
Cuando estalló el escándalo de tantos muertos, las autoridades de inmediato se avivaron e iniciaron una intervención en los centros de producción ya ubicados desde hace tiempo por ellas. Entonces, con los helicópteros atronando el cielo fronterizo, iniciaron la incautación de alambiques, pailas de cobre, serpentinas y garrafones de almacenaje y botaron el producto en las cañadas cercanas a esos laboratorios.
El clerén, bebida tradicional de los dominicanos y haitianos fronterizos, fue a parar a las cañadas por culpa de una urgencia de las autoridades que querían demostrar que estaban atentas a sus obligaciones de hacer cumplir las leyes. Quisieron ocultar sus negligencias e irresponsabilidades por haber permitido por tanto tiempo una actividad penada por las leyes.
Por esa indolencia y haraganería de las autoridades, mas atentas al picoteo y asegurar su bienestar, contribuyen que a cada momento estalla el escándalo. Estos van desde la inoperancia de los controles en el tránsito pasando por el auge incontenible de la delincuencia hasta llegar al lamentable caso de los muertos del clerén donde se permitió, al amparo de las complicidades e indolencia de las autoridades, la elaboración de la bebida tan popular en la frontera y campos dominicanos.
Tal fue la tragedia y escándalo navideño, que por la naturaleza social de los fallecidos, quizás más de 20 entre dominicanos y haitianos, se pasa al olvido en menos de tres semanas. Entonces se está a la espera del nuevo escándalo que anima el morbo popular y más atento a los acostumbrados escándalos de corrupción gubernamental aumentada ahora por la protagonizada por la Odebrecht.
El clerén es una bebida isleña de gran aceptación popular. Y es así que el pasado sábado 30, Bonaparte Gautreaux Piñeyro en estas páginas sacó los recuerdos de sus extensas vivencias con el señalamiento de los responsables de que tales cosas ocurran en un contubernio alegre de empleados y militares que supuestamente deben impedir tal actividad. Su artículo “De Triculí, Pirrinche y Clerén” es muy ilustrativo e informativo de unas costumbres del accionar para producir esas bebidas artesanales de caña de azúcar. Y es evidente que su demanda ha aumentado en las apartadas comunidades en especial las fronterizas. Entonces las estadísticas oficiales dan cuenta que la demanda del excelente ron criollo ha disminuido notablemente en los últimos años. Y es que el consumidor prefiere más el whiskey o la cerveza para su deleite y el clerén por su bajo precio y sus efectos evasores de la pobreza que agobia a los consumidores.
Es notorio el aumento del consumo de clerén y su forma tan peculiar de expendio en los colmados y bodegas de las zonas periféricas de las ciudades. También cerca de los sitios de producción ubicados en ocultas madrigueras conocidas por todos incluyendo las autoridades. Ahora con el escándalo desatado por la cantidad de muertos aparecen por doquier los sitios clandestinos de producción ocultados antes por la complicidad oficial.
El clerén es nocivo para la salud y la mejor evidencia fue un libro muy popular en la década del 40 y siguiente del siglo pasado, escrito por un gran intelectual y abogado Julio González Herrera, cuyo libro de moral y cívica fue texto oficial de las escuelas en esas décadas. González Herrera escribió su casi novela autobiográfica “Trementina, Clerén y Bongó” donde en forma novelada trata de sus desventuras con la bebida que lo llevó varias veces al manicomio. Allí plasma los suplicios de un vicio basado en el consumo de clerén que se llevó a un gran dominicano que había nacido en el 1902 y murió el 31 de diciembre de 1961. González Herrera, cuando estaba fuera del manicomio y apartaba el clerén de su boca y estaba en sus cabales, era un excelente abogado litigante que en los tribunales de Bani y San Cristóbal plasmó su capacidad. Él lograba que sus defendidos casi siempre obtenían ganancia de causa. Es una vergüenza que su obra esté olvidada y no se hayan realizado esfuerzos para rescatarla y darla a conocer a las presentes generaciones.