Vindicación de la familia y la ley

Ignoro la extensión de la lista de cuantos creyeron que el Banco Nacional de Crédito (Bancrédito) estaba ajeno a operaciones inescrupulosas patrocinadas por sus dueños. Me encuentro entre aquellos que imaginaron su iliquidez como resultado de la conmoción sufrida por los negocios bancarios tras la quiebra del Banco Intercontinental (Baninter). Admito pues, que el sometimiento a dos de sus ejecutivos me deja anonadado.

No los conozco. Al padre de uno de ellos, Máximo Pellerano, lo juzgué siempre como persona de conducta decorosa. Y como entendía que el banco se hallaba en sus manos, aplaudí la adquisición por los hermanos León Asensio como una simple transacción de comercio. Mas no lo era.

Los hermanos León Asensio, sin duda alguna, salvaron de un descalabro mayúsculo a Bancrédito. Y han librado a decenas de cientos de ahorrantes y cuentacorrientistas del mal rato que hubieren sufrido por la simple tardanza en cerrar ese trato. Ahora, cuando el Banco Central de la República somete a dos ejecutivos del banco, comienza a descubrirse otra historia de desvíos de dineros ajenos y de liberalidad en el uso de recursos de terceros.

¿Qué ha ocurrido en el país con las administraciones bancarias? ¿Hemos fundado bancos o abrimos ventanillas con rótulos de tales, para engañar incautos?

Al escuchar los relatos que hacen funcionarios y abogados del banco emisor respecto de las últimas quiebras, tremula el ánimo del más avispado. Y se pregunta uno qué faltaba o qué sobró en los organismos a cargo de la supervisión de los negocios bancarios, como para que ocurriesen estos descalabros. Pero también invoca la memoria a los mejores de nuestros ancestros, reclamándoles explicación respecto de los yerros que ellos o nosotros cometimos en la forja de estas generaciones.

En algún momento de 1972 conversábamos con el Dr. Joaquín Balaguer a propósito de un caso de peculado del que ambos teníamos noticias. Se permitió él explicar el caso particular al que aludíamos, dando por establecida una lacra secular de características genéticas. Discutimos, pues me negaba a aceptar el argumento, cuando decidió sentar una premisa que juzgó factor irrebatible:

La miseria restó fuerzas al proceso de adecentamiento de nuestras gentes, disminuyó vigor al potencial organizador en las familias y prostituyó el ánimo de los individuos.

Años más tarde, disminuidas sus capacidades físicas, sería él presa fácil de cuantos exhibían más conspicuamente las características de ese resto social en el pueblo dominicano.

Pero teníamos la impresión de que familias organizadas a partir del siglo XIX podían superar esas taras. Que la condicionalidad civilizatoria determinada por la fragua familiar o por estructuras superiores de la organización social, permitían abandonar ese lastre. Por increíble que parezca, son vástagos de algunas de estas familias que perfilaron su estructura celular muy tempranamente tras la integración de la República, las que padecen el dolor de estas acusaciones públicas.

Y cuanto es peor, en algunos casos parece subsistir un desinterés enorme por la preservación del buen nombre familiar. Es como si volviésemos a sucumbir ante las lacras de los días en que la colonia, abandonada, se abatía en la más abyecta miseria, y en que carecían de valor y tradición las historias ancestrales.

Es verdad que no solamente la República Dominicana ha vivido estos percances. Sacudidos los más débiles de los Estados Nacionales por el acoso de entidades multinacionales que imponen puntos de vista como pruebas de laboratorio social, adoptamos instituciones y procesos ajenos a nuestra idiosincrasia. Una de ellas, la banca especulativa, ajena al quehacer productivo de nuestros países y vinculada en cambio al intercambio financiero de aventuras. Y de esas aventuras surgen estos escándalos, estas historias de dolo y estafas, en las que los únicos perdedores son los ahorrantes. Y en los casos actuales, el fisco nacional.

Se habla también de que algunos de estos organismos multilaterales, a la vista del desconcierto, presionan por la reivindicación de la probidad, de la tranquilidad de los ingenuos perdedores y del reposicionamiento de la ley como base del orden social. Y es una lástima que en la caída hacia el abismo, jóvenes de las nuevas generaciones no supiesen guardar el nombre que fraguaron sus antecesores.

Entre tanto, justo es que se aplique la ley. No ya porque lo exijan los alquimistas del multilateralismo, sino porque, alguna vez, debemos pensar en la integridad de la República.


COMENTARIOS