Wagneriana obra de arte total

La expresión “Gesamtkunstwerk”, que significa “Obra de arte total”, utilizada por el compositor alemán Richard Wagner, en la que sintetiza su aspiración y visión sobre la conjunción de las artes, prima en la concepción del espectáculo “Wagneriana”, presentado el martes en Bellas Artes, en el que en pos de ese ideal estético se integran música, lírica, poesía, plástica y danza.

Concebido por un artista polifacético como Eduardo Villanueva, y realizado por artistas del más alto nivel, la resultante es una noche exquisita, un deleite para el espíritu que sólo el arte en su más alta expresión puede proporcionar, y es que, como decía Nietzsche “El arte es la tarea más alta y la única actividad esencialmente metafísica de la vida, de la voluntad de vivir”.

Villanueva, a manera de narrador, de hilo conductor, nos introduce en ese cosmos maravilloso y totalizante de Richard Wagner.

El escenario es sobrio: domina el negro, y en los diseños geométricos el lila; las pinceladas plateadas y doradas contrastan; cada detalle de buen gusto es una alegoría, la estancia –pretendidamente minimalista– sobrecoge, la mano del artista plástico José Miura, capaz de crear belleza visual, se deja sentir.

El piano, colocado en lateral, es elemento protagónico; María de Fátima Geraldes, nuestra consagrada artista, hace su entrada, luego destacados músicos con sus instrumentos de cuerda, Militza Iankova y Anarys Iznaga, violines, Zvezdana Radojkovic, viola, y Juan Pablo Polanco, cello. La música de amor, tierna e intimista, nos transporta y vivimos “El idilio de Sigfrido”, poema sinfónico de belleza indescriptible, síntesis del ideal wagneriano.

Las canciones de Wesendonck, para una voz de mujer, nos permiten el disfrute de la mezzosoprano Anna Tonna, su bien proyectada voz, de hermoso registro grave y considerable volumen, acusa las condiciones vocales inherentes y la técnica de la cantante, pero la calidez de la voz, la pasión y la emoción que transmite, son atributos excepcionales que la convierten en una artista que trasciende. Cada canción: “El ángel”, “¡Detente!” “El invernadero”, “Penas” y “Sueños”, es un motivo, una entrega. Bellamente ataviada, con colores en armonía con la paleta escenográfica, Anna Tonna se convierte, además, en un elemento plástico vivo, de gran atractivo.

El preludio de “Tristán e Isolda” para piano, subyuga desde sus primeros acordes, que exponen el tema básico de la gran ópera de Wagner, el estado emocional de los amantes.

La intérprete María de Fátima Geraldes transmite el cromatismo de Wagner, con el que expresa el ansia del amor insatisfecho.

Hay en su interpretación una sentida empatía y un conocimiento cabal de la música de este genial compositor. Un entrañable diálogo de piano y violín –Geraldes – Iankova– nos conduce a la “Muerte por amor”, “Liebestod”, de “Tristan e Isolda”. Eduardo Villanueva, a través de su concepción coreográfica, muestra el mundo ideal de Tristán y el éxtasis amoroso de Isolda.

 

En el bellísimo paso a dos, hay una verdadera muestra de creatividad, que se manifiesta en la plasticidad de los movimientos proyectados con pasional entrega por los bailarines, Stephanie Bauger y Jonathan Castillo.

El final alcanza un clímax, el amor, solo posible en la noche de la partida, es efectista, los amantes, en mística unión, cubiertos por un hermoso dosel, quedan atrapados en un luminoso círculo… en la nada de su espiritual unión. No pudimos evitar remontarnos en el tiempo, y recordar cuando Eduardo Villanueva en 1977, junto a Carmen Espinosa, estrenara este ballet, y comprobar hoy, con satisfacción, la osadía de ayer.