¿Y ahora quién paga por ellos?

Manauri Jorge

Todos los que somos padres y madres –de verdad- coincidimos en que desde que esa criatura sale del vientre y le cargas, la vida te cambia rotundamente. Dejas de darle abono al egoísmo natural de la juventud y pasas a un estado donde, antes de hacer o decir cualquier cosa, priorizas a tu hijo. Ya no eres Fulano, sino el papá o mamá de Fulanito.

Este conato de prólogo no es causalidad, lo adjunto para contextualizar lo que sucede ahora con el o los supuestos hijos de Rubén, conocido como “Moreno 27” o “Rubencito”. ¿Quién es él? Se le vincula directamente con la muerte de un oficial en mayo pasado y era perseguido por la Policía Nacional. Lo encontraron hace unos días en una casa en el residencial Carmen Renata III, del sector de Los Girasoles, en el Distrito Nacional.

El problema llega cuando los agentes dan rienda a suelta a sus gatillos y matan al antes prófugo. El contexto en que lo hicieron deja mucho por reflexionar porque fue en frente de niños. En la habitación donde estaba el señalado había dos infantes que se pueden ver en un video transmitido en vivo por el hoy occiso y fueron testigos de la ejecución. Lloraban, mucho.

La Policía Nacional informó que Rubencito se había resistido al arresto y se produjo un intercambio de disparos que dio al traste con su muerte, sin embargo, en los videos –que gracias a la nueva comunicación existen- se confirma la falsedad de esa versión. Nunca se vio el arma HS200, calibre 9 mm, que dicen tenía y en uno de los tres videos que hay se ve cómo lo sacan esposado y luego lo regresan a la habitación donde posteriormente lo ejecutaron.

La madre de los menores que estaban en la habitación asegura que sus hijos están traumados, y con razón. Si para un adulto ver una ejecución es algo impactante, imagina lo que sería para un infante. ¿Los policías que cometieron el hecho no se percataron de eso? No pueden alegar que no sabían de los niños porque el fallecido lo anunció varias veces y cuando entraron a la habitación pudieron verlos.

El caso todavía es más grave porque hay otro de cinco años herido. Se trata del hijo del capitán de navío Augusto Lizardo, el oficial por el que buscaban a Rubencito porque supuestamente fue uno de los asaltantes que en mayo pasado lo hirieron de bala cuando se disponía entrar a su residencia acompañado de su pequeño, herido en el pie derecho.

Tanto el hijo del militar como los niños en la habitación donde asesinaron a Moreno 27 –no se precisa si eran hijos o sobrinos- son víctimas directas de esos hechos porque el trauma que hoy presentan deja secuelas mientras respiren. Si eso no se trata puede desencadenar dos cosas: que se vuelvan agresores o víctimas toda la vida. Por un lado, se desata la ira colectiva y se reproduce la misma acción y, por el otro, viven en constante temor y son presa fácil del acoso, el abuso y la depresión. En ninguno es favorable.

Como estos dos casos hay miles que se presentan todos los días en esta media isla, sobre todo con feminicidios y suicidios que están a la orden del día. Se hace hincapié en las mujeres asesinadas, los homicidas suicidas y las estadísticas, pero los más pequeños se vuelven víctimas toda la vida de ese suceso, el trauma no se supera sin ayuda, y menos si están solos.

El año pasado más de 300 menores quedaron en la orfandad por feminicidios. La Vicepresidencia intenta protegerlos, pero la cobertura no llega a los 200 casos. La ayuda psicológica la proporciona el Ministerio de la Mujer cuando puede, a veces con auxilio de otras instituciones, a vece son. UNICEF y demás organizaciones velan por estos infantes e intentan protegerlos, sin embargo, las limitaciones disminuyen los efectos.

Lo ideal sería que ningún niño fuera testigo de hechos tan violentos y lamentables como el que vivió el marino y su hijo de cinco años, ni los que padeció Moreno 27 y los infantes en la habitación, ni los tantos feminicidios que dejan desprotegidos a criaturas indefensas. Si el asesino es muy maldito, también mata a los pequeños como el caso del Chamán y su fatídico desenlace. Hay otros que no viven hechos de sangre, pero son torturados a diario por padres violentos, son obligados a trabajar como esclavos o son víctimas del abandono por la irresponsabilidad de los mayores.

No, no hay justificación para hacerle daño a un menor, y aunque no sea de forma directa, cuando los adultos cometen crímenes tan sangrientos como los anteriores, las secuelas van mucho más allá de estadísticas y notas de prensa. Si no cuidamos nuestra generación hoy, mañana no la culpemos por macabra, solo son el resultado de lo que recibieron de ti, de mí, de todos los que tenemos el deber de formarlos sanos, y digo sanos.