Yahvé y el arte de gobernar (1)

Rafael Acevedo

Conozco gente inteligente y estudiada que considera que Dios no solo es injusto, sino que demasiado cruel e indiferente. Muchos han aprendido a despreciar al Dios Padre, increíblemente, basándose en la bondad del Hijo. He sabido de religiosos que ahorcaron los hábitos tras haber leído en el antiguo testamento las órdenes de Yahvé a Josué de exterminar a pueblos vecinos enteros, sin dejar siquiera uno vivo.
Y han concluido que ellos mismos, gentes inteligentes y estudiadas, son mejores personas que Dios, puesto que ellos no permitirían la pobreza, el dolor y otros muchos males que hay en el mundo. De lo que suelen, “lógicamente”, concluir que Dios no existe. También hay cristianos fervientes, buenas personas, que piensan que, en definitiva, las crónicas del Antiguo Testamento son meramente leyendas de judías; quienes, por cierto, se “alzaron con el mandao”, como el niño que compra dulce en vez del arroz que le encomendaron, (o el adulto que compra más ron y cerveza que comida para su casa). Los judíos cargan con esa falta y han confundido al mundo, como les advierte la parábola de los labradores malvados: Se apropiaron de la Viña y mataron al Hijo para no pagar los réditos al Dueño. Llegando a creerse que el Proyecto de Yahvé era para la gloria de ellos, olvidando que Yahvé les había dicho: Los he sacado de la esclavitud por ser el más insignificante de los pueblos, para que me sirvan en mi Proyecto (Lea Deuteronomio 7:7).
Como debe hacerlo cualquier aspirante a gobernar, que se precie de serio y tenga un verdadero Proyecto Nacional, el diseño de su Plan no ha de ser un programa de “míster o miss simpatía”, o de complacer peticiones. Dios siempre ha tomado en serio su plan y su Gobierno. Por tanto, su Plan para la humanidad ha pasado por una serie de trastornos desde sus inicios, pasando el Diluvio, la torre de Babel, Sodoma y Gomorra, y los propios judíos, quienes abandonaron el plan decenas de veces pese a todos los milagros, portentos, bendiciones y castigos. Personalmente llegué a pensar que era puro sadismo de Dios someter a los judíos esclavos a los crecientes maltratos de Faraón, cada vez que Yahvé les mandaba una nueva plaga… hasta que leí en Éxodo 10, algo así como: Si no les dejo pasar dificultades, no apreciarán el favor que les hago ni entenderán mi Proyecto. Les estoy haciendo una nueva identidad y una memoria histórica para que tengan nueva vida y un sentido de superación.
Si Dios pensaba, en efecto, en la salvación de una futura humanidad millones de veces más populosa; para darles el tesoro de su amistad eterna. Su Plan tenía necesariamente que forzarnos mediante rigurosas pruebas a crecer y trascender nuestra elemental carnalidad animal instintiva. Por tanto, su Proyecto no admitía contaminación ni debilidad alguna. Mucho menos que sus militantes se entretuviesen fornicando en bacanales paganos con las dadivosas vecinitas cananeas. Ni asociándose con quienes estorbasen sus Planes. Ese Dios era un verdadero gobernante, no un mamarracho.


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