Yahvé y el arte de gobernar (4)

Resultaría muy interesante la comparación de Yahvé y los hombres a quienes la historia ha registrado como prototipos de gobernantes, buenos y malos, democráticos y autoritarios. La primera etapa del Proyecto de Salvación, registrada en el Antiguo Testamento, consistió en preparar el pueblo portador del mensaje, la disciplina y la vivencia que habría de trasmitirse miles de años más tarde a una humanidad geométricamente multiplicada, como la arena del mar. Era como preparar un ejército para una guerra espiritual sin límites, que culminaría, según la versión teísta judaica, al final de los siglos. Ese primer ejército, los hebreos, tenía la misión de llegar hasta el Hijo, el Relevo de Yahvé, que llegaría hasta nosotros con el mismo mensaje, la misma disciplina, pero con un énfasis nuevo: El Amor. Un cambio de estrategia para convencer a un mundo muy diversificado y contaminado cultural y espiritualmente. Yahvé nunca pretendió que el resto de la humanidad, esto es, todo el que no fuera hebreo, necesariamente entendiese su Plan, aunque a todos les dio la oportunidad. Pero ese mensaje era fundamentalmente para nosotros, las generaciones presentes. No porque Dios menospreciaba a los pueblos de aquellos tiempos, como tampoco desprecia a los que hoy profesan otras creencias e incluso el agnosticismo y el ateísmo. Respecto de estos, como por igual, respecto a todos los que hoy mueren y sufren injustamente, siendo víctimas de las perversidades y opresiones de pueblos occidentales llamados cristianos; Dios tiene alternativas de justicia. Porque “al corazón limpio él no lo despreciará”, no importa en dónde viva y que cosa crea. San Pablo mismo mataba cristianos, no por perversidad de corazón: El creía que servía a Dios de ese modo, y Dios se lo convalidó como obras buenas, eso de perseguir cristianos; porque Pablo creía que eran farsantes enemigos de Yahvé.
Yahvé era, pues, guerrero, batallador, implacable con sus enemigos, y con todos los que obstaculizan su Plan. Ya fuese con conductas disolutas o con idolatrías contrarias a sus propósitos. De hecho, según las antiguas narraciones, Yahvé en múltiples ocasiones mandó sus ejércitos celestiales a intervenir a favor de los suyos. Sabaot era el nombre que los hebreos usaban para referirse al poderoso “Dios de los Ejércitos”. Pero, para con los suyos, también era “Rapha”, el sanador; “Siquenu,” el justiciero; y “Shalom”, nuestra paz…
Pero Yahvé no aceptaba desviaciones. Sabía que los traidores eran cobardes, aunque estos generalmente eran tan solo gentes incrédulas, que no conocen su Plan y no confían en sus promesas, y se transan con el Enemigo a cambio de recompensas pírricas.
Por ello, inició su Plan desarrollando líderes de verdadera fe, gente fiel a toda prueba, como Abrahán. Si no hay fe, no hay Plan. Todo buen soldado debe creer en la victoria y ser leal a muerte. Todo gobernante está obligado a tener gentes leales, tanto a sí mismo como a su Plan, sobre la base de que todo será para bien de todos, y el mayor galardón, el moral, será siempre tan valioso como el Cielo mismo.