“… En el cielo de América …”

Así decía José Martí, hace más de cien años, que se encontraba Simón Bolívar, agregando que “vigilante y ceñudo” viendo que su obra y su visión de una América unida estaba pendiente, como pendiente está todavía, aunque, ciertamente, hay que reconocerlo, pareciera que empieza a caminar en la dirección correcta.

Se debe estar comprendiendo la urgencia que nos convoca porque, como he dicho en varias ocasiones en estas páginas, la integración es la única y última oportunidad que tenemos en América Latina y el Caribe para poder avanzar, de manera real, hacia un desarrollo efectivo y objetivo. Lástima que algunos aún no lo vean guiados por prejuicios.

Me resulta siempre oportuno recordar el pensamiento y herencia bolivariana en ocasión de un aniversario más de su nacimiento, el pasado 24 de julio.

Fue precisamente un 24 de julio, de 1994, que las 25 naciones independientes del Gran Caribe se dieron cita en la ciudad caribeña colombiana de Cartagena de Indias, para dejar constituida la Asociación de Estados del Caribe (AEC) habiendo escogido fecha y lugar precisamente como homenaje al Libertador de América y quien desde hace 200 años nos ha marcado el camino que debemos de tomar. Cuando el 9 de diciembre de 1824 la victoria de Ayacucho entró grandiosa a la historia de América, al dar el punto final a la independencia americana y marcar su irreversibilidad. Sirve además para destacar y recordar que la unidad fue la que le dio la libertad a América.

Bolívar lo había visto venir y por eso dos días antes, como para no perder un minuto en la historia, había cursado una “invitación a los gobiernos de Colombia, Méjico, Río de la Plata, Chile y Guatemala a formar el Congreso de Panamá”. Se trataba de la convocatoria a lo que él denominó Congreso Anfictiónico – anfictionía: confederación de las antiguas ciudades griegas; asamblea a la cual enviaban sus delegados para abordar asuntos de interés general.

En la Invitación, afirmaba: “El día que nuestros plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público, y recuerden los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto los protocolos del Istmo…”

¡En qué desperdicio de momento histórico crucial incurrieron nuestras repúblicas! Por eso, desde los cielos de América, “con el ceño fruncido” como nos recuerda Martí, Bolívar todavía nos enrostra, para que lo recordemos que “…la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración… mas esta unión no nos vendrá por prodigios divinos sino por efectos sensibles y esfuerzos bien dirigidos.