“Batman” y el narcotráfico

El pastor Ezequiel Molina propuso en nuestro país la legalización de las drogas. Poco faltó para que le  prendieran fuego. Y como si el pastor les hubiese pedido ayuda, dos  intelectuales de prestigio, Eloy Martínez y Mario Vargas Llosa, el primero desde Argentina y el segundo desde España, escriben convencidos de su  eficacia. 

Está claro, la estrategia actual para combatir el tráfico ilegal de estupefacientes ha fracasado; así nos lo demuestran las estadísticas y la realidad cotidiana.

Los esfuerzos de tolerancia adoptados por Holanda para con las “drogas blandas”, específicamente con la marihuana, han arrojado algunos resultados esperanzadores. (En ese país el consumo de marihuana es un tercio con relación al de los  Estados Unidos. Y el número de homicidios por cada cien mil habitantes es cuatro veces menor.) No obstante, luego de mucho tiempo de liberalización, el gobierno holandés, en el año 1993, se vio obligado a rectificar  implementando medidas restrictivas.

Sucedió que los carteles marroquíes se deslizaron por las rendijas de la permisividad  desarrollando un comercio de “drogas duras”. Igual viraje se observó en los países escandinavos con el “Acta de drogas narcóticas” de 1968. 

El asunto es harto complejo. Nuestra región,  puente que sirve al gran mercado  de estupefacientes, seguiría siendo almacenista de los países penalizados si no se logran normas similares en todo el trayecto del tráfico.

Sin desarrollo, es quimérica la intención de disminuir el cultivo de coca en  América del Sur, ni se podrán eliminar los santuarios de producción.

La legalización es un proyecto inmenso, complicado y lleno de obstáculos, aunque  promisorio a pesar de la polémica que le acompaña.

Pero lo inequívocamente eficaz es la fortaleza de un Estado impermeable al cohecho y dedicado a promover el bienestar común.

Cuando los gobiernos toman la decisión inquebrantable de contener el narcotráfico se enciende la esperanza,  y se cohesionan las estrategias para derrotar los carteles.

Aquello que sospechábamos, y comentábamos entre nosotros, diciembre lo  desvela. Ya es irrefutable: el poder está implicado, le sirve a los narcotraficantes.  “Vox populi, vox dei”.

Sin vislumbrarse una tregua, nuestras instituciones están siendo neutralizadas.

Estamos ahora a la merced de la voluntad política de nuestro mandatario.

 Los optimistas esperamos que se  juegue el todo por el todo: la vida, el poder, la estabilidad económica y algunas lealtades.

Que se nos convierta en una especie de “Batman” de Estado. Pero hasta ahora el futuro héroe está oculto en su baticueva.

 Su aparición, dando pescozones a diestra y siniestra,  está resultando tan difícil y frustrante como las soluciones jurídicas.

Sin embargo, pudiera suceder que al percatarse el “hombre murciélago”  de que su identidad y su futuro peligran, se animase a salir de su escondite para  humillar a los villanos donde quiera que se encuentren. De no hacerlo, se arriesga –  y no hay espacio para la duda – a que los villanos se ocupen, como lo han hecho en otros lugares, de dejarlo hecho una mojiganga en cualquier esquina de la historia.