“Chicha… chicha… chicharrones”

He vuelto a evocar en estos días a Villa Mella, otrora polvorienta y mítica comunidad vecina de la capital. Singular espacio semi-rural que nos convocaba, en la década de los 70, a degustar sus sabrosas butifarras.

Al romántico y acogedor pobladito era fácil llegar, auxiliado por un medio de transporte de dos ruedas – de moda en la época – y el entusiasmo propio de una juventud que procuraba afanosamente diversión sana. Las galleras estaban reservadas para los mayores, que acudían en masa los fines de semana a entregarse al extraño pasatiempo. La capital de entonces, lo he repetido, se disfrutaba a plenitud y sin prisas ni sobresaltos.

Pienso de nuevo en Villa Mella, al recordar a su gente de definido color oscuro y su natural léxico. Hombres y mujeres que han llevado orgullosos sus descendencias de esclavos.

En los tiempos a que se contrae este comentario, la violencia era desconocida y la bulliciosa música del colmadón inexistente.

El villamellero era gente entregada al trabajo y a producir sus muy demandadas fritangas.

Estaba lejano aún el proceso de urbanización y de conexión rápida con la gran ciudad. Pero tampoco había Metro ni sueños dorados.

La modernidad y el desarrollo solo podían existir en pensamientos quiméricos. Pero llegó el turno a Villa Mella de subir a escenarios avanzados de progreso. Ahora tiene su Metro. Y no tardará el día en que longaniza, chicharrones y casabe los recordemos sólo por el estribillo del merenguillo que sirve de título a esta columna.