“Gay” y “matrimonio”:
Dos términos impropios e incompatibles

Sigmund Freud, el médico austríaco que fundó la  psiquiatría moderna, aunque no fue concluyente acerca de las causas de la conducta homosexual, sus trabajos se inclinan definidamente hacia la concepción de este comportamiento como un resultado de condiciones socio-ambientales en la vida del niño. Explicó que, mayormente, la homosexualidad es un comportamiento inducido o aprendido. En consecuencia, estableció claramente y tajantemente la diferencia entre inversión y perversión conductual. De hecho, el origen de la palabra “gay”, es en sí mismo perverso. El término proviene del francés, o de otros idiomas europeos, y significa “alegre”, y se asoció desde el principio, a la vida libre y moralmente liviana de prostitutas, degenerados sexuales  y bohemios de muchas naciones. Por lo cual, dicho término es una pésima bandera de lucha reivindicativa para las personas homosexuales, especialmente para las que tratan de vivir de una forma más o menos honesta u ordenada la experiencia existencial de ese accidente psico-social, hormonal, genético o espiritual. La palabra gay tiende a enmarcarlos  y posicionarlos dentro de una categoría humana de degenerados que exhiben su depravación “alegre y orgullosamente”.

La sexualidad es complicada para todos, más aún para los homosexuales. El pasado martes, en este mismo diario, el psiquiatra y estudioso doctor José Dunker, autor de 20 o más libros sobre conducta humana,  presentó los resultados de diez investigaciones (del 1976 al 2006) que demuestran la alta morbilidad de los  homosexuales  en comparación con los heterosexuales, incluyendo, SIDA, cáncer genital, depresión, violencia familiar y propensión a  otros graves trastornos. Nada, pues, menos alegre que la vida alegre de los gay y las trabajadoras sexuales.

Por otra parte, la palabra matri-monio, etimológicamente, significa “patrimonio de la madre”, un derecho o privilegio que protege a madres y a niños, y a los hogares que reproducen, crían y educan niños aptos y útiles para la sociedad y para Dios; concepto defendido por todo terapeuta y profesional de la conducta como el principal basamento de la sociedad. Los que no tienen matriz no pueden parir ni ser madre, ni tener matrimonio. Sin embargo, podrán hacer contratos de vivir en parejas o en grupo, pero llamar a eso matrimonio, va contra toda lógica de lenguaje y de ordenamiento moral y social. Jamás bastará con ser mayoría o tener apoyo político de quien sea, para posicionarse en igualdad junto a la institución fundamental de la sociedad, reclamando una igualdad absurda, creadora de anomia ética y social.

Deberán auto cuestionarse los movimientos ambientalistas, socialistas o defensores de minorías inocentes, postergadas e indefensas, cuando también defiendan absurdidades. Quien reclame respeto, que primero se respete a sí mismo, aunque su dignidad tan solo consista en el derecho a ser como son; no como seres aberrantes que desafían con desfachatez los valores más propiamente humanos. No es con burdas comparsas  carnavalescas, ni con majaderías faranduleras, y ni siquiera con manifestaciones masivas de poder político, que estos movimientos deberán ganarse un estatus de sincero respeto que, de otro modo podrían alcanzar entre personas decentes, civilizadas y cristianas.