“Hacer lo que nunca se hizo”

La gran deficiencia, de todos los gobiernos establecidos bajo la sombrilla democrática abierta en 1962, ha sido el desprecio con que han manejado el mantenimiento de las obras públicas, las cuales, son olvidadas en sus condiciones, y ningún funcionario le presta atención para preservarla y ofrecer el servicio a la ciudadanía.

Desde el más recóndito camino vecinal construido con fondos del Estado, hasta el Faro a Colón, todas las obras se deterioran a ojos vista, ya que nunca hay dinero para cambiar una bombilla, o destapar una alcantarilla o limpiar una cuneta.

La tradición de la burocracia, responsable de tales menesteres, ya sea por indolencia hasta ignorancia o mala fe, es para forzar a una remodelación o reconstrucción  en la cual se necesita invertir cuantiosos recursos. Recuérdense  casos recientes de reconstrucciones millonarias de obras descuidadas por la desidia de los funcionarios por no proporcionar mantenimiento, como fue el caso del Palacio de Bellas Artes o de la presa de Jigüey, a la cual la naturaleza ayudó a justificar a los funcionarios una millonaria inversión.

Ha sido tradicional el descuido que desde 1966 se le dispensó a las obras públicas, ya que con el masivo plan de construcciones que se inició en aquella ocasión, no hubo tiempo en reparar las instalaciones sanitarias de las escuelas y hospitales, tapar goteras, corregir baches o limpiar  cunetas de las carreteras. La práctica establecida era acelerar el deterioro para preparar el proyecto de remodelación, que tenían a los contratistas, junto a los funcionarios-padrinos, esperando la oportunidad de ejecutar  una obra millonaria, en lugar de una acción de mantenimiento de costo irrelevante y conveniente para el Estado.

En esta nueva administración existe la esperanza de que la racionalidad será una acción de responsabilidad, para que, en lugar de dejar las obras que se destruyan y más ahora con la apreciable  cantidad de obras existentes y a las que se le agregan las de recientes inauguración  en las últimas semanas, para al menos estar en condiciones de ofrecerle satisfacción a los usuarios.  Ahora existen las escuelas sin luz, ni sanitarios, ni ventanas y mucho menos pupitres; los hospitales con sus techos llenos de filtraciones, sin baños y mucho menos medicinas o camas; las carreteras llenas de hoyos sin un bacheo preventivo a la espera de un costoso contrato para colocarle una gruesa capa de asfalto, cuyo costo es mayor de lo que costó esa vía  cuando se construyó.

 En donde se refleja con crudeza la indolencia de los funcionarios es en los cementerios de las obras de los juegos nacionales, las provincias exigían ser sede de esos juegos a cambio que se le construyeran costosas obras deportivas, que en menos de dos años ya estaban destruidas por falta de mantenimiento, en especial las piscinas convertidas en criaderos de todo tipo de alimañas y basura.  Eso fue una inversión desperdiciada, como ocurre con muchas de las instalaciones deportivas del Parque del Este.

¡Qué hermoso sería para el país que el gobierno emprenda  un serio programa de mantenimiento, y que todos los ministerios y direcciones generales, que tienen a su cargo las centenares de edificaciones, vías,  canales y acueductos,  dedicaran sus esfuerzos a devolverle  a las obras su utilidad y no esperar su colapso, para entonces  exigirle al jefe del Estado que se inviertan cientos de millones de pesos en su reconstrucción y remodelación incluida!