“La justicia”

JULIO CÉSAR CASTAÑOS GUZMÁN
El año que ajusticiaron a Trujillo y a raíz de que nuestro Bufete de Abogados se instalara para esa época en la calle “Hostos”, concibió mi padre la imagen mental de un cuadro con el tema de la Justicia, con la finalidad de que fuera el símbolo de la Oficina.

Me cuentan que durante un tiempo anduvo explicándole muy entusiasmado a todo el mundo cómo sería el cuadro. Por una de esas casualidades se mudó en una casa del vecindario el joven pintor Juan Plutarco Andújar. Todavía los marchantes  no lo habían agobiado; ni lucía fascinado por el azul de Boca Chica; tampoco, parece, que las negras con fruta le habían arrebatado el pincel.

Lo cierto es que papá le explicó a Plutarco todos los detalles y símbolos del cuadro, y Andújar -como después llegó a ser ampliamente conocido-con esa maestría que le caracterizó,  plasmó en lienzo y al óleo el cuadro que paso de inmediato a describir.

De un fondo un tanto oscuro sale, completamente iluminada y resplandeciente, la figura de una mujer que aunque de tez blanca tiene la nariz ordinaria -diría yo.  

Blancas vestiduras sin mácula y capa del mismo color le caen sobre los hombros. Sus ojos, que han de ser terribles y que imagino de color castaño, están cubiertos por una venda.

Su brazo diestro, más musculoso y fuerte que el siniestro, sostiene una espada de doble hoja. Espada que de inmediato hace pensar en la fuerza; pero donde el señor Hostos  vería además (en los dos filos) las fases visibles de la Justicia: el derecho y el deber. Y más allá del castigo, la espada que reivindica y liberta. Sin perder de vista que el derecho sin el constreñimiento es una fantasía inútil.

La izquierda, que nunca se queda atrás, sostiene perfectamente asida de la mano, una balanza en equilibrio; donde serenamente, el fiel ocupa el centro. (Olvidaba que de la cintura ceñida, el cordón sugiere alguna austeridad, alguna sobriedad).

El pecho -evidentemente que de una mujer-está cubierto por esa misma vestidura blanca que ya he mencionado; pero que a mí me deja ver que la Justicia también tiene un corazón y que acaso haga, a pesar de todo,  misericordia.

En un primer plano aparece la mesa de trabajo de un abogado que sostiene los siguientes elementos: un crucifijo (se me parece al Cristo de los Estrados) que evoca el juicio de Jesús condenado a muerte por la insidia de la autoridad judía, la demagogia de la canalla y la irresponsabilidad de un procurador.

Veo también libros de derecho. Doctrina, jurisprudencia. Códigos. Son las fuentes donde abrevan los auxiliares de la Justicia. Soportes del buen jurista, del buen abogado. “Saber buscar, saber exponer, saber discutir”.

Entonces, dejada casi al descuido, una pluma aparece al lado de un tintero. Instrumentos para perpetuar en los escritos la esencia de toda la práctica profesional y la administración de Justicia.

La Biblia que también está sobre la mesa me recuerda, aparte del salterio que es un clamor de Justicia, lo que dice San Pablo (Rom. 14,17) “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino Justicia…”. He buscado además, en una Concordancia Breve de la Biblia, las veces que menciona la palabra Justicia y después de que paso de cien dejo  de contar.

Un pergamino -que está casi cayéndose de la mesa-me representa una pieza de convicción, un dictamen, las notas para una defensa; tal vez, un acta acusatoria; o, quizás, quien sabe, un “instrumentum” contentivo de algún “negotium”, en fin tantas cosas…

Pero, definitivamente, lo que más me conmueve de esta obra, “La Justicia”, es lo siguiente: pisada por un libro azul con caracteres dorados que se intitula “Los Derechos Humanos” una toga con su birrete de borla blanca luchan por sobresalir en la composición.

Esa toga que reviste un abogado en los estrados es muchas veces sostén de los Derechos Humanos -a veces el único. Pero al mismo tiempo si la toga no se impregna del respeto a estos derechos esenciales ¡Cuánto daño puede hacer! Es que la toga tiene alma. Y ¡qué penosa es el alma de un abogado sin toga!

Durante este día, que he pasado en contemplación de “La Justicia” de Plutarco Andújar, no he resistido la tentación de compararla con la Justicia de todos los días. La dominicana.  Y no quiero, al menos por hoy, concluir nada. Pero he sentido pena por aquellos que contristándola, aspiran a pervertirla embotándole unas veces la espada, despojándola de su venda otras, o, simplemente, desequilibrándole con pesas  falsas su balanza.

Porque no se dan cuenta de que el Dios de la Verdad,  que  nadie lo engaña, es Santidad. Y Santidad es Justicia.