“La novela es una atalaya contra el olvido”

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EEscritor  de novelas, relatos y reseñas, graduado de Derecho, profesor de Literatura, columnista del “El Espectador”, colaborador de revistas y suplementos culturales y traductor, Juan Gabriel Vásquez es también un viajero que busca “abarcar tanta porción de mundo como sea posible”.

Llegó al país como parte de la gira  promocional de su novela “El ruido de las cosas al caer”  lo que nos permitió entrevistarlo para ¡Vivir!

“Siempre tuve claro, después de decidir que me dedicaría a esto y que iba a eliminar de mi vida todo lo que estorbara, que iba a dedicarme a hacer lo que sé hacer bien, que es leer y escribir. No quería ser un escritor de fin de semana, de horas robadas al sueño. De eso se quejaba Gabriel García Márquez, quien decía: “la literatura colombiana es una literatura de hombres cansados que escriben en sus ratos libres”.

Claro, entiende que no es conveniente hacer que la economía familiar dependa de una novela, “porque entonces uno comienza a publicar una novela por año, a no vigilar la calidad, a bajar el nivel de rigor”; por eso ha tratado de ganarse la vida con todo lo que gira alrededor de los libros: traduciéndolos, enseñándolos, reseñándolos, para, con todo eso, “comprar”, por decirlo así, unas 3 o 4 horas libres al día para escribir. “A medida que los libros se han ido publicando tengo que hacer menos trabajos laterales”.

Con tanto que hacer, ¿Cómo es un día normal en su vida?  Soy un novelista de mañanas. Ese es mi mejor momento para la invención de la nada, una cosa para mí muy exigente; por las tardes hago los otros trabajos: el periodismo, las traducciones (cuando hacía), mis columnas, mis clases.

  Habla de sus  manías, rituales de escritor. “Tengo la manía del silencio, y es tan aguda que incluso en el silencio de mi casa trabajo con tapones en los oídos, me aísla y eso es muy importante para mí. Por toda la casa hay bolsitas de tapones. Quizá un ritual es la lectura de las mismas páginas de un libro. Cuando estoy escribiendo  siempre hay un clásico del siglo XX, que leo y me sirve para encontrar el tono. Es como el diapasón de los músicos, leo las mismas 5 o 10 páginas y encuentro el tono de lo que voy a escribir. Leer estas páginas me ayuda a recuperar (encontrar) la voz única de mi novela”. Con razón hay tanto ritmo en la obra.

Sus novelas están enraizadas en Colombia a pesar de sus  años fuera… Es que Colombia sigue siendo mi obsesión. Allí están las preguntas que me interesan… Yo entiendo la novela como una manera de echar luz sobre momentos oscuros y  me interesan más en la medida que forman parte de mi vida…

 Yo no entiendo la literatura como una manera de explicarle a la gente lo que ya sabe, sino como una manera de averiguar lo que uno ignora. Planteo las dudas que me inquietan personalmente. 

Usted parece estar reflejado en “El ruido de las cosas al caer”, un poco como si estuviera inspirado en su vida.  Yo no hablaría de inspiración, sino de simple utilización. Plasmo lo que siento. Usamos lo que sentimos como material literario porque tal vez es otra manera de entender. Me han preguntado cuánto de biográfico hay porque Yammara  y yo estudiamos leyes, él enseña en la universidad a la que  asistí, va a la Casa de la Poesía Silva, igual que hacía yo. Tenemos afición por los billares y nacimos con el narcotráfico. Por eso  digo que sí es biográfica, no porque esté basada en mis experiencias, sino porque está construida con mis ansiedades.

El temor es uno de los grandes temas de esta novela, que   tiene varios sucesos reales. Incluso,  la grabación de la caja negra del vuelo 965 de AA es real. Me la encontré por azar en una librería en Bélgica. El libro se fue construyendo a lo largo de diez años con recortes y documentos que encontraba interesantes y guardaba. Comencé a escribirlo en junio de 2008  persiguiendo un personaje de cuando yo estudiaba en la universidad de Bogotá: un hombre  mayor que vi en la Casa de Poesía Silva, sentado frente a mí,  que empezó a llorar como no había visto a ningún adulto llorar.

Un suceso interesante, hablando del miedo: Lo reconocí en los rostros de españoles cuando ocurrió el atentado de al-Qaeda  en el metro. Mi memoria despertó y entendí lo que había visto años atrás en mi país.

También trae ideas políticas. Tiene opiniones muy claras. Cuando escribo la columna sí, pero justamente esa es una de las cosas raras de escribir columnas para alguien que se considera sobre todo novelista: no hay dos oficios más distintos que el de novelista y el de columnista. Los novelistas trabajan con la incertidumbre, escriben sobre lo que no entienden, mientras los columnistas sienten que tienen la verdad sobre algo  y tratan de convencer. Vivo seis días a la semana en un tiempo que no conozco, buscando entender, y un día a la semana escribo  opinión, es raro.

¿Cómo fue su salto al periodismo?  Un día ocurrió  algo muy fuerte, que me indignó, y pedí a “El Espectador” que me diera un espacio para escribir sobre esto. Era algo  puntual, pero me quedé fijo.

El premio

Literatura

Un libro que me hizo querer ser escritor fue “Cien años de soledad”, de  García Márquez. También “Ulises”, de  Joice. Me marca la forma como   Joseph Conrad plantea que  nuestra literatura arroja un poco de luz, así como Vargas Llosa, quien nos conmina a eliminar de su vida todo lo que estorbe. Este oficio devora al escritor y uno tiene que consagrarse.

La novela es un género que cada vez forma más parte de nuestra conciencia:    hace pensar,   pero ahora  a la gente no le interesan los matices,  los grises, y   ese  es el territorio de la novela.  Se publica mucho, pero no todo lo que dicen que es novela lo es. No considero los libros de Grisham o  Coelho, con todo el respeto que se merecen, en la misma categoría. Coelho  plantea que el universo conspira a tu favor, es rosa.