El sosiego elemental

Federico  Henríquez Gratereaux

La contemplación de la naturaleza produce lo que llamo “el sosiego elemental para afrontar la vida”. Por lo menos, así ocurre en lo que a mí concierne. Mirar la vegetación de las montañas, el curso de los ríos, o ver caer una cascada, tiene un efecto sedante, mayor que cualquier medicamento psicotrópico de esta época enloquecida. No puedo explicar cuáles son las causas que determinan ese fenómeno tranquilizante. La naturaleza es todo lo que el lector quiera decir, excepto un campo de paz. Las luchas de las distintas especies animales por sobrevivir constituyen batallas perpetuas. Los ríos crecidos, grandes aguaceros, tormentas y ciclones, son sucesos terroríficos.

Pero escuchar la lluvia cayendo sobre los techos de las viviendas puede inducir el sueño; el viento, cuando sopla con fuerza, arrastra las hojas y crea movimientos y sonidos cuasi musicales. Ambas cosas -para mí- son reconfortantes. Y lo mismo pasa con la “caída” de la tarde o con el amanecer. Se puede decir que “las cosas despiertan” con la llegada de la luz de la mañana. Se dice de “los ruidos matinales” que comienzan quedamente -en andante lento-, hasta que irrumpe el canto estrepitoso del gallo. Entonces, un sinfín de pájaros inician un coro, como si hubiesen recibido la orden de un director de orquesta invisible.

El amanecer natural no es igual que el amanecer laboral ordinario. Tan pronto empieza el tránsito de los que van a trabajar, entran en concurso motocicletas, bocinazos y chirridos de frenos, que ahogan o apagan los cantos de los dulces pájaros inaugurales. Esa “contaminación auditiva” rompe el equilibrio armónico de la naturaleza. De ahí en adelante, todo contribuye a que perdamos el sosiego adquirido al “respirar” el amanecer: una suerte de “sinestesia” biológica y psíquica, tal vez ontológica. Los hombres que viven en las ciudades terminan padeciendo de alguna

forma de “confusión de los sentidos”. Sonidos, colores, perfumes, podrían ser alterados por los tubos de escape de motores, por hediondos detergentes y las luminarias de vapor de mercurio. Los poetas -como siempre- perciben estas cosas antes que los comisarios de policía. García Lorca escribió: “el trino amarillo del canario”; el dominicano Rafael Américo Henríquez nos habla del “verdín sonoro de la primavera”.

 

 
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