Niño, chino y espía..

Federico  Henríquez Gratereaux

Veía entrar ese viejo a una lavandería de chinos que hubo una vez en la calle Mercedes casi esquina Santomé. El viejo entregaba la ropa en un envoltorio blanco que parecía una funda de almohada o una manta de niño. En esos años gobernaba el dictador Trujillo y la ciudad estaba mucho menos poblada que ahora. La mayor parte de los vecinos se conocían personalmente o “por referencias”. -¿Quién es ese viejo que acaba de irse? pregunté al ayudante del chino principal. -Solamente lo conozco “de vista”, dijo, mientras apuntaba en el libro la ropa que mi madre me había encargado llevar a la lavandería.

El número con que se identificaba la ropa de mi casa era el 74, que se marcaba -con tinta china- en el borde de sábanas y camisas. En el “libro de registro”, un tomo encuadernado a la manera de los tenedores de libros de aquella época, se anotaba cada partida de ropa detalladamente: tantas camisas, calzoncillos, faldas, pantalones; allí figuraban las cantidades, colores y “estado de las prendas”, esto es, si eran viejas o nuevas. Todo en caracteres chinos, escritos en columnas verticales. Los dominicanos no podíamos saber qué decían estas notas, garabateadas con fuertes rasgos en ideogramas cantoneses. Lo único legible para cada cliente era “su número”, en nuestro caso, el 74.

Los números arábigos también se usaban para los paquetes de un color arcilloso. A cada rato topaba con el viejo: en la lavandería, o en un colmado situado a pocos pasos llamado La Metralla, uno de los pocos lugares donde podían comprarse lonchas de jamón de Virginia. Un día el viejo me miró atentamente a través de los gruesos vidrios de sus espejuelos. Me sentí un insecto estudiado en el microscopio de un laboratorio.

El viejo se quitó sus pesadas gafas “fondo de botella” y declaró: -muchacho, apareces en todas partes, ¿eres una sombra perseguidora o un espía del Servicio de Inteligencia Nacional? Quedé pasmado del susto y corrí fuera del colmado con el corazón a todo galope. Tenía entonces trece años. Dos días después, el ayudante del chino principal me dijo: -al viejo espía lo mataron ayer.