El romance de la Estatua de la Libertad

16_03_2019 Areito 16-3-2019 Areíto3

MUCHOS. Atlas hizo una lista mental de los nuevos problemas y los encontró muchos, hasta que los volvió a contar. Eran muchos.

Anjélica quería que la Estatua de la Libertad se enamorara. Tenía un grupo de muchachos a quienes les hablaba con la voz aflautada que se tiene a los ocho años, mientras los colocaba en la salita de su casa de muñecas.
—Tienen que decirle siempre que es bonita— fue su primer consejo.
A Anjélica se le notaba la dulzura desde la distancia. Con cada movimiento de sus manos parecía que iba a construir algo de color, algo con brillo. El peinado de su largo pelo era liso y echado hacia atrás. Se dejó caer algunos mechones en la frente que casi tocaban sus ojos grandes y negros, acentuando así más aún su inocencia. Prefería a sus amiguitos, en vez del control remoto de la televisión.
El afiche de La Estatua de la Libertad, de casi cinco pies de altura, estaba fijado a la pared con tachuelas de colores en su aposento de dormir. Anjélica no definía el silencio de la muchacha sosteniendo hacia arriba la antorcha en su mano derecha, pero lo sentía. Le gustaba la corona. Ponía sus dedos en la túnica de bronce y la creía reina; notó que nunca envejecía, ni le salían arrugas en la cara. Era la muchacha que le acompañaba en la oscuridad de su aposento.
Comenzó con El Hulk, El Hombre Increíble, y fue directo al punto.
—Eres muy verde— lo tiró en el canasto de sus juguetes que no eran importantes para ella.
Levantó del sofá de la salita a El Hombre Agua, Aqua-Man, quien vivía en el mar y se comunicaba telepáticamente con la vida marina.
—Este tipo siempre está mojado, le habla sólo a los peces— lo colocó en el piso, en caso de que necesitara otra revisión.
Al Pingüino de Batman lo encontró muy villano, relacionado con criminales y enemigo de Batman, a quien Anjélica estaba considerando, pero lo descartó por el Batmóvil.
—No es un carro que uno se sube, si no que uno se pone, no tiene puertas. Hay que entrar por la capota, además, es pequeño y estrecho, tanto, que el vestido de “La Señorita” se plegaría.
Estaba casi segura de que la corona se le volaría de la cabeza.
—No hay nada más feo que una reina con el vestido estrujado y sin corona— dijo, antes de pensar en el próximo problema de Batman, Robin.
—Siempre andan juntos, no se separan, el Dúo Dinámico.
El otro problema con Batman era la máscara, a Anjélica le daban pesadillas de sólo verla, amanecía con dolores en los oídos oyendo el chirrido de los “murciélagos”, mientras volaban en su aposento.
Se deshizo del Capitán Maravilla sin titubeos. Como era posible transformarse en otra persona con sólo gritar “¡SHAZAM!”, y al canasto se fue El Capitán.
Con Tarzán se tomó un poco más de tiempo.
—Usted fue criado en la selva, no sabe hablar o lo sabe poco, además, ya usted tiene a Jane y un chimpancé llamado “Chita”. “La Señorita” merece algo mejor.
Anjélica tenía cierta debilidad por Superman, el hombre de acero, inmune a balas, volaba, y casi podía estar en diferentes sitios al mismo tiempo, como “Clark Kent” o como “Superman”. Había algo más, Superman tenía ya a “Lois Lane”. Eso iba a molestar a “La Señorita”. Lo puso también en el piso junto a Aqua-Man, por si cambiaba de opinión.
Sacó al Hombre-Araña de la casa de muñecas con tanta delicadeza, como si hubiese regresado de la manicurista. Revisó despacio el disfraz, los colores y las botas rojas altas que le llegaban casi a las rodillas. Lo veía humano. La magia de la tela de araña y la habilidad de pegarse a cualquier superficie, le gustaba.
—¿Cómo es posible creer en alguien a quien no se le ve la cara?— Lo decía por la máscara. Era masiva, color azul y rojo, le cubría los ojos, las orejas, todo el cuello y la cabeza.
—De mi mamá aprendí que “la cara es el espejo del alma”— se resignó a colocar al Hombre-Araña en el piso, junto a Aqua-Man y Superman.
Cuando tomó a Atlas con el universo cargado sobre sus hombros, Anjélica sintió el peso del mundo en sus manos. El día que vio el monumento de Atlas en la Quinta Avenida de Nueva York, ella fijó sus ojos en los de él y juraba que ascendió hasta que estuvieron cara a cara. Esa fue la excusa que dio a su papá para convencerlo de que necesitaba a Atlas en su casa de muñecas.
Atlas no tenía trucos, no usaba máscaras, no se convertía en alguien más, no tenía carros supersónicos, al contrario, con la cabeza cabizbaja, se pasaba los días de pie, sosteniendo la gran bola en sus hombros. Lo colocó en el piso, cerca de los pies de la Estatua de la Libertad. La niña les recordó que tenían que entenderse:
—Para comenzar, tienen que mirarse en los ojos, sin parpadear. ¿Qué traes en tus hombros?
—Los problemas del mundo— contestó Atlas, mientras se acomodaba el universo en sus hombros.
—Me dio trabajo llegar a usted, “Señorita”. Tuve que luchar en contra de un monstruo verde, un hombre que volaba, otro que vivía en la selva, otro en el mar, otro que caminaba sobre tela de arañas, y con un murciélago que manejaba un carro.
“La Señorita” lo escuchó con la atención de las personas acostumbradas a oír la verdad.
—Mantener el mundo en los hombros es difícil— terminó de decir Atlas.
—Los problemas del mundo son mis problemas también— “La Señorita” inclinó la cabeza tratando de encontrar la mirada de Atlas.
—Bien. Pero se han añadido problemas nuevos. El mundo pesa más ahora— eso lo dijo Atlas con un gemido de cansancio.
—Podemos repartirnos los problemas. Dame los nuevos y quédate con los que ya tienes.
—Pero para repartirnos los problemas del mundo se necesita amor— dijo Atlas.
“La Señorita” le contestó inmediatamente: —Mi nombre es “Libertad” y mi apellido “Fraternidad”— lo dijo cantando y lo repitió como un estribillo.
Atlas hizo una lista mental de los nuevos problemas y los encontró muchos, hasta que los volvió a contar. Eran muchos.
Anjélica se levantó del piso con Atlas en sus manos y lo aproximó a “La Señorita”, hasta que tocó su mano izquierda sujetando la tableta con la Proclamación de la Independencia. Atlas habló con un aire de protección y sinceridad.
—Esto va a necesitar más que amistad.
Entonces Atlas sostuvo el mundo con sólo la mano izquierda, deslizó su mano derecha por la túnica de “La Señorita” que le cubría la espalda, hasta que alcanzó su cintura, se miraron a los ojos, sin parpadear, y Atlas apoyó su cabeza con el mundo en sus hombros en el regazo de la Estatua de la Libertad.