Disfrute su momento y deje de fuñir

Manauri Jorge

Parece raro, pero es cierto… nadie despierta siendo la misma persona. Cada día nuestro cuerpo elimina y produce entre 50 y 250 mil millones de células, por lo que cada individuo se renueva con las horas. Sin embargo, la información celular se conserva porque el cerebro no se apaga. De hecho, cada 24 horas generamos unas 1,400 neuronas nuevas que van desplazando las añejas y aquí entra en juego la memoria y sus plazos.

Eso es en cuestiones biológicas, pero en lo intangible también cambiamos con frecuencia. El “tira y hala” entre el hemisferio izquierdo y derecho del cerebro genera cambios constantes en nuestras decisiones, que se agudizan cuando intervienen las variables de riesgo. La primera parte pasa por la corteza prefrontal, la segunda se va hasta los ganglios basales, luego llega al núcleo acumbens y hasta la amígdala se mete en el pleito.

A medida que nos exponemos a factores externos, así mismo van cambiando nuestra actitudes y aptitudes para, de forma natural, adaptarnos a la evolución. El problema viene cuando intentamos establecer una relación con otra persona que, por lógica, no va en el mismo proceso o ritmo de metamorfosis que nosotros. Pretender encontrar a alguien que se ajuste a nuestros pensamientos es una falacia porque ni siquiera nosotros podemos adaptarnos a eso, somos distintos cada día.

Nos pasamos la mitad de la vida –algunos más tiempo- tratando de encajar con otro ser con costumbre, credo, criterio y formación distinta a la nuestra, asumiendo que estamos obligados a ser “perfectos” con la pareja por la razón que sea –casi siempre cultural- y dejamos de ser y hacer cosas para que esa relación funcione, negociamos mañas y exigimos comportamientos que a nuestro entender son los más potables para estar “bien”.

Esas demandas que tenías de adolescente salen de la lista y ya no importa tanto si el jevo es fornido o no, si la jeva tiene pelo largo o no, si le gusta la misma música que a ti, si es del mismo signo zodiacal o sabe respirar bajo el agua. Cuando maduras te vas dando cuenta que lo importante está más adentro que afuera. Lo que buscas es la inteligencia emocional, el cariño, la convicción de superación, la pasión por la vida, la alegría contagiosa y el amor propio.

¿Cuál es el problema? Cuando encuentras a esa persona con la que desarrollas una afinidad instantánea y todo fluye natural, te vuelves incrédulo y dudas de la certeza del momento. Ese miedo natural a salir de la cueva –zona de confort- destapa burbujas de cortisol que explotan en dudas. “Esto es demasiado bueno para ser cierto”, “algún maco hay aquí”, “cuando saque las garras me voy a joder”, “déjame sacar pie antes que esto se dañe porque tantas vainas buenas dan miedo”, son algunas de las ideas que nos desencajan el caco. Yo sé que hay más, esas te las dejo a ti.

¿Por qué algunos pensamos así? Porque nos forman para el miedo, de hecho, temer ha sido lo que por siglos y siglos nos ha permitido permanecer vivos ante las amenazas del entorno. Antes teníamos que protegernos de los depredadores para que no nos comieran las extremidades, hoy nos protegemos para que no nos dañen las emociones. Pero nos cuidamos tanto que cerramos la cueva, lo que impide que entre el mal, y también el bien.

Nos van criando para dudar, para ser incrédulos, para esperar lo malo de los demás y es tan así que cuando alguien hace una labor altruista cuestionamos sus intenciones y endosamos una malicia injustificada. Claro, en todo esto influye el historial de la persona, pero también pasa con entes que no conocemos como la señora que no permitió al joven le ayudara a cruzar la esquina porque creía que él la iba a atracar y la chocaron.

Pasa lo mismo con las relaciones, si la convivencia con la pareja alcanza la estabilidad anhelada y eso se combina con carencia de inteligencia emocional, el éxtasis se agota rápido porque, aunque no haya razones, inventamos argumentos para contaminarlo. Nos venden la perfección como algo irreal y no tiene que ser así, el concepto no se refiere a pulcritud infalible, sino a paz interior y estabilidad compartida.

Sepa usted, mi querido lector, que siempre habrá defectos y desafíos en las relaciones porque, como ya nos han demostrado, cada día somos seres distintos y precisamente ahí está lo interesante del cambio, el reto está en enamorar a tu pareja cada día descifrando sus códigos y valorando la esencia del ser, que no sufre metamorfosis a menudo.

Si conociste a alguien con quien sientes paz y disfrutas la plenitud anhelada, o ya alcanzaste ese punto con tu pareja actual, en vez de buscarle la décimo sexta pata al gato, disfruten la circunstancia sin tapujos y crezcan juntos, tanto fuñir complica la vaina y la vida no es para complicarse, es para vivirla.