La residencia

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Además de alojar a los jóvenes intelectuales, en la “Residencia” se publicaban obras importantes, se presentaban obras de teatro, encuentros de científicos, de poetas y filósofos.

Mis funciones como directora del Centro de Estudios Caribeños de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra me han llevado por senderos desconocidos. He podido ir por lugares maravillosos y sorprendentes.
La última aventura fue en Madrid. Nuestro centro, liderado por la reconocida historiadora Consuelo Naranjo, investigadora del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la más importante entidad dedicada a la investigación en España, forma parte de un gran proyecto financiado por la Unión Europea. Cuatro países de Europa: España, Francia, Italia y Alemania; y varios países de América Latina y el Caribe: República Dominicana, Colombia y Chile, además de Puerto Rico y Martinica; llevarán a cabo un programa de intercambio académico en el cual investigadores latinoamericanos y caribeños irían a estos países europeos a trabajar en bibliotecas y archivos. Lo mismo ocurrirá en nuestras universidades y países que seremos escenario para recibir a investigadores de esos países.
La primera reunión del comité organizador se realizó en enero de este año. Las sesiones de trabajo se desarrollarían en la sede del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSCI). Cuando llegamos nos alojaron en la Residencia de Estudiantes. Al escuchar el lugar de hospedaje me quedé callada, pero me dije: “Estoy muy vieja para residir en una residencia estudiantil.” Pero me quedé callada.
Al llegar al lugar, vi un edificio con mucha solera, muy bien mantenido, pero cuya arquitectura evidencia que fue construido a principios del siglo XX. Estaba organizado como un hotel destinado a investigadores. Cuando llegué a la recepción, vi varios libros que hacían referencia a la “residencia”.
Comencé a hablar con la chica que nos atendía. Así me enteré que ese lugar había sido hogar por 17 años del gran Federico García Lorca, y de muchos intelectuales europeos y latinos, entre ellos nuestro Pedro Henríquez Ureña, de quien no me confirmaron su estatus de residente, sino como asiduo visitante al lugar porque servía de peña a la crema y nata de la intelectualidad de la época.
En un momento, nuestra conversación se vio interrumpida por una profesora de piano, que practicaba con un grupo de estudiantes en la habitación contigua. En otro lugar del salón, un grupo de investigadores organizaban una reunión. Otro grupo salía de otra habitación. Me di cuenta luego que era el restaurante.
Compré dos pequeños libros. El primero “Una habitación propia. Federico García Lorca en la residencia de estudiantes. 1919-1936”, autoría de Andrés Soria Olmedo, presenta fotos inéditas del controvertido intelectual durante sus casi dos décadas en la histórica edificación, hogar de muchos jóvenes inquietos que encontraban allí refugio para estudiar, tal y como lo describía Alfonso Reyes en 1923:

“Morada de estudiantes en paz, aseada casa con comodidad de baños abundantes, conforte de calefacción y chimeneas, salones de conferencias, bibliotecas. ¡Oxford y Cambridge en Madrid! -exclama entusiasmado el británico Trend”. (p.5)

Alfonso Reyes, uno de los residentes, en sus cartas afirmaba que por los pasillos de la residencia habían caminado muchos poetas, literatos, historiadores e investigadores de todo el mundo: Ortega y Gasset, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Einstein, solo para citar algunos.
Además de alojar a los jóvenes intelectuales, en la “Residencia” se publicaban obras importantes, se presentaban obras de teatro, encuentros de científicos, de poetas y filósofos. Como escribía Alfonso Reyes:

“Los estudiantes de la Residencia, aparte de sus horas fijas de comidas, reparten el tiempo a voluntad, según sus obligaciones académicas, pero cuentan en casa con el auxilio de libros y laboratorios, y hasta con cursillos de tiempo en tiempo. En los laboratorios trabajan sabios y biólogos de la nueva generación…” (p.9)

Pero el ocupante de mayor data fue Federico García Lorca. Vivió allí por 17 largos años. Conoció a todo el que pasaba por allí. Llegó en 1919, cuando tenía dos años que había comenzado la universidad. Sobre estos años en la Residencia, habla el pequeño libro titulado “Una habitación histórica de la Residencia de Estudiantes”, en el que se presentan fotos maravillosas de los grandes pensadores que vivieron en tan importante lugar que supo acoger en su seno a los jóvenes estudiantes.
En “El Poema de Mi Cuarto”, Federico García Lorca refleja un día cualquiera en la Residencia:

La camarera entra en el cuarto:
“Ya está aquí el farolillo”
(Mi corazón) ¡Enciéndelo!
¡Las nubes se retiran!
El jardín está inquieto
Una loca se ríe y ladra en calma un perro.
Yo llego a la ventana.
Beso el farol (¡mi corazón!), me siento.
Y escuchando el rodar de los tranvías
Hago mi cacería de luceros.”

Cuentan los que vivieron con García Lorca, que desde que llegó a la Residencia, el poeta español encontró su centro, y pudo dedicarse a estudiar, pues había tenido varios fracasos académicos: “Mi cuarto es tan agradable que tengo muchas ganas de escribir y estudiar solo con estar en él.”
Volveré a visitar la residencia a mediados de año. Tener esa oportunidad de estar en el lugar donde tantas mentes brillantes pernoctaron, me inspira a estudiar y buscar nuevas aventuras intelectuales.

Ya viene la noche.

Golpean rayos de luna
sobre el yunque de la tarde.

Ya viene la noche.

Un árbol grande se abriga
con palabras de cantares.

Ya viene la noche.

Si tú vinieras a verme
por los senderos del aire.

Ya viene la noche,

Me encontrarías llorando
bajo los álamos grandes.
¡Ay morena!
bajo los álamosgrandes.
Federico García Lorca.