“La reina de Santomé” de Guillermo Piña Contreras: filia, política y memoria

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A través de los ojos del niño, el autor va hilvanando la historia que corre desde el espacio del colegio, la vida religiosa, los mitos que hacen de San Juan de la Maguana un espacio de brujos y héroes. La batalla de Santomé es el escenario del general José María Cabral. Esta historia que conforma, escribe y reescribe el metarrelato nacional, se cruza con otra historia que describe la vida del pueblo, el centenario de la batalla, el tiempo recuperado como homenaje; el presente cruzado por un trujillismo que se apodera de todas las representaciones simbólicas, no sólo para legitimarse, sino para perpetuarse en el tiempo.

En las páginas que conforman la novela “La reina de Santomé (La vida en una provincia)”, de Guillermo Piña Contreras, encontramos un fresco de la vida, la historia (o la intrahistoria) de un grupo de dominicanos residentes en San Juan de la Maguana. Es un relato de memoria ya que instala una relación filial con la batalla de Santomé, con los lugares de la memoria, con el presente de los últimos años de la dictadura de Trujillo.
Por su título, la obra tiene un diálogo con las obras de Zola, en la medida en que busca darnos la vida tal y como ella es en un espacio alejado del centro de producción de bienes simbólicos, de la estructura institucional que maneja la tiranía. Pero nos muestra las filiaciones, las ideologías y la permanencia en la vida chiquita de los poderes del dictador. De ahí que es una mirada micro del conjunto del país. Y no puede ser leída solamente como una crónica de un mundo alejado, sino como el microcosmos de la vida dominicana en esos años.

En su forma, la obra es también un libro escrito desde la memoria, un niño crece en el relato que se convierte en una homodiégesis, en una novela de crecimiento, de educación o en un ‘Bildungsroman’, como lo llaman los alemanes. A través de los ojos del niño, el autor va hilvanando la historia que corre desde el espacio del colegio, la vida religiosa, los mitos que hacen de San Juan de la Maguana un espacio de brujos y héroes. La batalla de Santomé es el escenario del general José María Cabral. Esta historia que conforma, escribe y reescribe el metarrelato nacional, se cruza con otra historia que describe la vida del pueblo, el centenario de la batalla, el tiempo recuperado como homenaje; el presente cruzado por un trujillismo que se apodera de todas las representaciones simbólicas, no sólo para legitimarse, sino para perpetuarse en el tiempo.

Existen dos instancias en las que se dan los discursos que se entrecruzan. El pueblo como microcosmos y la ciudad de Santo Domingo como centro del poder que determina la vida. En esta última se celebra la Feria de la Paz (1955), la filiación del pueblo con su pasado y la recuperación de la historia no queda sólo en Santomé, sino en las montoneras de Desidero Arias. Los pasados líderes del pueblo, su conversión a la nueva forma de la política dominicana inaugurada por Trujillo se presenta como otra ‘filia’ (es decir, filiación, vivir en el origen, amar, volver al inicio) con el pasado y en una conversión de la política entre el siglo pasado y el presente. Los recuerdos, referentes y discursos se encuentran en la búsqueda de una historia que los debe legitimar.

Ayudado por miembros de la familia, el niño y luego el adolescente, crece concibe y configura acciones y relata otros discursos que ligan el pueblo a la política de Trujillo. El doctor Contreras, Cucho Álvarez y tantos otros van conformando una delegación del microcosmos al cosmos de la ciudad atrapada por la razón de Estado del dictador. Y, en la última parte de la novela, se describe la arquitectura como elemento que va conformando una representación de la grandeza, de la modernidad bajo la Era, que terminará con el diseño de los edificios de la Feria. El autor se detiene para presentar esa maravilla de la dilapidación de los bienes públicos, de grandilocuencia, en la que el cemento habla el lenguaje del poder y donde los sujetos quedan convertidos en marionetas. La vida de los arquitectos Gasón y González, la firma del concordato y las nuevas relaciones con la Iglesia, la divergencia entre la religiosidad católica y la religiosidad popular centrada en Olivorio Mateo, juega con el sentido de los relatos maravillosos que definen la dominicanidad. Todo esto cruza la obra desde el inicio hasta el final.

La vida bucólica de San Juan, su ciudad letrada, va quedando en la primera parte de la ‘expositio’ de la obra, pero encontramos al final el peso de las ideologías de la posguerra; el cambio que ha dado el país, la acumulación de riquezas de los Trujillo y una vida nacional, que no difería de la vida de muchos de los pueblos de la República. Es significativo que la vida también adquiere los sentidos que le da la modernidad a través del cine que abre otros horizontes de representación y otros diálogos con el exterior: la vida de María Montez es copiada por Laura, amante furtiva del protagonista. El cine y las radionovelas plantean una novedad en los discursos en la vida que busca imitarse en el celuloide en las acciones de los personajes de ficción, una mimesis que inicia con los paquitos o historietas gráficas.

El mundo señorial se reconvierte en el mundo de los adeptos y los afectos, la vida del adentro y el afuera muestra también la del exilio, sus peligros, sus caídas. La vida de la adolescencia entre su formación, la vida en la escuela y el descubrimiento de su cuerpo, el amor y su sexualidad. Se narran tres espacios festivos: el centenario de la batalla de Santomé, el reinado para el centenario y la participación en la coronación de Angelita, la hija del tirano. Todas esas festividades están cruzadas por el poder, y el sentido de fuerza que las impone establece el monólogo del poder, su fastuosidad, sus oropeles, pero también el sentido de ridículo, porque se colocan y se trasladan elementos, como la coronación de la reina Isabel de Inglaterra, y la representación de Angelita, hija de Trujillo, como la nueva princesa del Caribe. Esa ridiculez que el poder trata de vender como una forma de legitimarse también en la ‘filia’ de la historia de la familia del tirano.

Los concursos de belleza y reinados que parecen estandarizar las prácticas de la una nobleza desaparecida en las festividades populares apropiadas por el poder. Ese sentido de “metáfora muerta” (Ricoeur) que se queda en la cultura como una “entelequia” del pasado, o como un terror de la memoria, una normalización de las prácticas y una redefinición de los discursos, parecen potenciarse con el ascenso de la clase media en la posguerra, a la vez que la dictadura va en picada económica.

Colocado en el muro de nuestra historia contemporánea esta novela, que es crónica y texto de los últimos años de la dictadura de Trujillo, nos lleva a pensar en cómo era la vida en las provincias con relación al centro de las decisiones políticas. Trujillo eliminó el caudillismo y se apropió de facto y simbólicamente de todos los espacios y centralizó el poder en el espacio de la ciudad primada, las ínsulas interiores quedaron en sus referencias a viejas historias, a relatos de guerras y caciques con los que se buscaron identificar. La modernidad de la dictadura crea otros espacios y otros referentes de dominación. La importancia de esta novela estriba en que es un texto de lo nacional, narrado desde la perspectiva de un niño y, a la vez, es crítica y crónica de la vida, de la intrahistoria de un país que asciende a otra modernización que niega las prácticas políticas anteriores y evoca la vida democrática, tal como lo deseó desde su fundación.