2009: un año de duras pruebas

El año que termina hoy colocó al país ante desafíos que han puesto a prueba nuestra capacidad para diseñar las estrategias correctas para vencer las   dificultades. No sólo tuvimos que enfrentar la proyección en el tiempo de estados de cosas arrastrados de años anteriores, sino también hechos relativamente novedosos, algunos de los cuales escapaban a nuestro dominio debido a su origen  en un contexto global.

Asignaturas de años anteriores como la inseguridad ciudadana, la violencia intrafamiliar, el narcotráfico, flojera ante la corrupción  y otras taras las reprobamos de nuevo, y con agravantes. En cambio, fuimos exitosos al enfrentar el embate de la crisis financiera global con medidas que al término del período han demostrado eficacia, garantizando baja inflación y crecimiento económico. Pero seguimos manteniendo obstruido el paso de la bonanza económica hacia la  base de la pirámide social.

 La política también siguió sus andadas de años anteriores, caracterizadas por el transfuguismo y el clientelismo, vaguedad de propuestas y otras debilidades que, desde luego, influyeron en la esencia de la nueva Constitución. El 2009 ha sido un año de algunos éxitos y mucha reiteración en las fallas. Al cierre, se evidencian debilidades muy peligrosas en un plano institucional demasiado permeado por el narcotráfico.

2010: un año de expectativas

Reactivar la economía para recuperar atrasos del año anterior y reponer equilibrios, fiscal y de otras índoles, parece ser una bitácora necesaria para el 2010. El Plan de Estrategia Nacional de Desarrollo, que tiene en carpeta el Gobierno para consensuarlo con las fuerzas sociales, parece el punto de partida hacia cambios en un modelo económico que hace tiempo ha debido ser replanteado más allá de las disciplinas coyunturales pactadas con el FMI y otros organismos internacionales.

 Iniciar los pasos hacia un cambio en el  modelo económico para orientar su énfasis en la producción y el empleo es un discurso que crea expectativas. También provoca una sensación parecida la espera de los efectos institucionales que deberá provocar la puesta en vigencia de la nueva Constitución, pautada hasta ahora para enero próximo. A pesar de los abatimientos causados en 2009 por la crisis, hay buenas razones para asumir el 2010 con optimismo.