50 Años de amor y comprensión

ROSA LEBRÓN DE ANICO
Un emotivo y cálido encuentro –el que incluyó una misa en acción de gracias–, tuvo lugar en Santiago de los Caballeros, en el hogar de Gisela Vargas Mera y Críspulo Anico Báez, con motivo de celebrar sus Bodas de Oro; cincuenta años de vida en común, aunados por un sentimiento puro y diáfano; el amor y la virtud de la comprensión. Lágrimas, risas y nostalgia, prevalecieron en el ambiente, 22 años tenía Gisela y 34 Críspulo, cuando unieron sus vidas por el sagrado vínculo del matrimonio, luego del encanto de los “amores escondidos” y la etapa de los “amores consentidos”.

Críspulo provenía de una familia cuyo único y valioso caudal eran la honestidad, el respeto y el amor al trabajo. Gisela nació en un hogar con estabilidad económica.

Verse, conocerse y enamorarse fue como un relámpago divino que iluminó para siempre la oscuridad de sus vidas y decidieron estar juntos, por toda la eternidad.

Serio, honrado y trabajador incansable, con gran sentido del deber y de la responsabilidad, Críspulo alcanzó, en su trabajo de la Farmacia Normal, de Santiago la posición privilegiada de encargado del departamento de contabilidad, adonde había llegado como simple mensajero y además el inigualable respeto y la estimación de sus jefes, hasta el día de hoy. Gisela, en su papel de madre y esposa, guió con mano firme, el timón de su hogar, hasta ver coronado por el éxito, todos sus esfuerzos.

Ocho hijos son el fruto de esta bendecida unión: tres varones y cinco hembras, en los que se escatimó ningún sacrificio, para la culminación de sus estudios; todos son profesionales, con títulos universitarios: médico, ingeniero agrónomo, administradoras de empresas, farmacéutica etc…

Todo marchaba a buen ritmo. La unión y la felicidad colmaban el hogar de la pareja, pero más que todo su fe en Cristo. Poco a poco los hijos fueron casándose y marchándose a la búsqueda de sus destinos y Críspulo y Gisela quedaron solos, recibiendo con cariño y orgullo a la prole, a sus cónyuges y a los nietos…

Entonces la vida los sometió a una gran prueba: Críspulo sufrió un agudo derrame cerebral que lo dejó sin el uso de sus fuerzas motoras y otras complicaciones, y aquel hombre, fuerte como un roble, se derrumbó. De este modo la familia Anico Vargas se multiplicó, con Gisela a la cabeza, para atender al querido enfermo y paliar en lo posible, las consecuencias de la terrible enfermedad.

Y ahí está Críspulo, después de 5 años, disminuidas ciertas facultades, pero vivo y disfrutando de su familia, unida y solidaria, tanto en la salud como en la enfermedad.

El sacerdote oficiante, un simpático canadiense con más de 50 años residiendo en el país, volvió a confirmar los votos matrimoniales de la pareja y todos los presentes vivimos emocionados esta memorable ocasión de las Bodas de Oro de Gisela y Críspulo, quienes son y serán el paradigma a seguir pro sus hijos. Una vez más triunfó el amor y la comprensión. ¡Alabado sea el Señor!