70 años caminando

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Hoy evoco a Joan Manuel Serrat: “Todo pasa y todo queda/ Pero lo nuestro es pasar/ Pasar haciendo caminos/ Caminos sobre la mar/… Al andar se hace camino/ Y al volver la vista atrás/ Se ve la senda que nunca/ Se ha de volver a pisar”.

Desde el más apartado rinconcito, de lo profundo de la honda quebrada, albergada en el municipio de Altamira vieron mis ojos la luz por vez primera en una fecha como la presente. Siete décadas se han cumplido y tal parece que fue ayer.

Muy presente tengo en mi mente aquel comienzo de verano en 1974 cuando fuimos a residir a la bella tierra de Borinquen. Apenas había visto pasar 29 primaveras cuando procedente de Chicago, ya diplomado en Anatomía Patológica y Patología Clínica, plantaba los pies en el Instituto de Medicina Legal de Puerto Rico. El Dr. Raúl Marcial Rojas me había encargado realizar un inventario del personal médico de dicho Instituto con el propósito de reorganizar el mismo.

Cumplida la misión, informé al connotado patólogo investigador y maestro de generaciones, Dr. Marcial, acerca del agotamiento que la rutina, el volumen de trabajo y la falta de incentivos causaba en los colegas médicos. Agregué el argumento de la avanzada edad de 54 años que tenía quien encabezaba el grupo. Solicité renovar los recursos humanos existentes. El Dr. Rojas escuchó atento y con paciencia el reporte, agregando al final el siguiente comentario: <<Sergio, debemos arar con los bueyes que tenemos>>.

No fue sino hasta que arribé al medio siglo de vida cuando vine a caer en cuenta de la relatividad humana en el tiempo y lugar. Entonces pude darle una interpretación sociológica y filosófica, si se quiere, al aporte que al mundo de la ciencia hiciera allá por el 1915 el físico alemán Albert Einstein con su Teoría de la relatividad. Completando mis tres décadas, entendía que quien estuviera contabilizando sus cincuenta y tantos abriles, debía estar en vía de retiro. Sin embargo, llegado a esa hora biológica, este servidor pensaba y argumentaba diferente.

Entonces recordé estos versos de Campoamor: <<En este mundo traidor/ nada es verdad ni mentira/ todo es según el color/ del cristal con que se mira>>.

Ahora, trepado en la colina del tiempo y habiendo completado setenta años, ayudado por la memoria puedo mirar con el retroscopio, montado sobre las alas de una gaviota. En lo inmediato vislumbro una nieta, orgullo inmenso de su abuelo; le siguen una hija, tesoro inconmensurable de su padre. Esa prole divina no sería posible sin esa compañera esposa, quien por casi diez lustros me acompaña en las buenas y en las no gratas horas existenciales. Continúo mirando una pléyade de discípulos con quien he compartido mis humildes experiencias e inquietudes profesionales, literarias y sociales.

También contemplo aún batallando a compañeros y compañeras de ideales políticos inspirados en las enseñanzas de Juan Bosch, nuestro maestro y guía. En ese largo recorrido espacial, la vista se me nubla ante la inmensidad de la patria, siempre a la espera del mejor fruto de sus hijos para compartirlo entre todos. Noto un pueblo sediento de justicia, seguridad, pan, trabajo, vivienda, salud y educación.

Setenta años apostando a la vida me obligan a coincidir con Serrat en que <<Caminante no hay camino/ se hace camino al andar>>.