A Chiqui: Un niño de La Ciénaga-Los Guandules

Amparo Chantada Gonzalez

Corrían los años 70 cuando conocí por primera vez, un barrio pobre latinoamericano. Había llegado de París, días antes y burlándome de algunas advertencias que me describían esos barrios como de “lumpen-proletarios y peligrosos” inicié mi trabajo de campo. Como me había leído los análisis del MPD de esos años, que trataban de comprender lo que ocurría en esos barrios, me conocía en teoría esa realidad. Ya sabía que los pobladores llegaban del campo a la ciudad sin empleo, ni casa, ni tierra. Las únicas tierras disponibles estaban cerca de los ríos Ozama e Isabela y en Los Mina. Claro está, las imágenes eran fuertes, la pobreza, la simpleza de los actos cotidianos me estremecieron. El río Ozama era todavía fuente de vida, se cruzaba, se pescaba y los niños se bañaban en una pequeña piscina natural. Ahí conocí a Chiqui, un niño que me serviría de guía, de guardaespaldas, de informante a su manera, soñaba en mi país, sin saber a dónde ubicarlo pero sabía que estaba lejos. Nos hacíamos mil preguntas recíprocas, yo quería saber de qué vivía la gente, él me preguntaba cómo era mi país. Imposible hablar de pobreza, de injusticia, Chiqui no padecía esos males, solo curiosidad, inquietud, interés por lo que yo iba anotando. De la mano con él, me enseñó lo que era una cañada, y cómo la gente acomodaba el arrozal en tierra construible, vi cómo se levantaba una casita con poca cosa, cómo la calle era el patio y la cancha a la vez, cómo las aceras eran una extensión de la casa. Vi gallos por primera vez, en fin, escuché, vi y aprendí. Cuando me despedía, le prometí que volvería un día, pero que debía andar por otros barrios: Los Cartones, el Ensanche Cucaracha y una casa invadida en la calle Euclides Morillo, Los KM de la Sánchez. Toda esa gente sin empleos, sin ingresos en la ciudad, ocupaban cualquier terreno, cualquier casa o vertiente, cualquier intersticio libre en la ciudad: era un fenómeno propio a los países del Tercer Mundo, que se generaba desde el campo y como un flujo continuo, ocupando los barrios en las ciudades y terrenos, no aptos, en vertientes o inundables. Esa investigación me llevaría a estudios comparados con África y Asia, donde se observaba el mismo fenómeno urbano. ¡Difícil era explicar la marginalidad y más aún, qué hacer con esa realidad! Por eso, cuando volví, en los años 80, desde Arquitectura-UASD creamos los Talleres Populares de Mejoramiento Urbano y Barrial, con el apoyo de los arquitectos Ramón Martínez, Nelson Fernández y Luis Despradel. Fiel a mi guía Chiqui, a quien no volví a ver, traté de convencer en esos años, que esos barrios se habían ganado el derecho a la ciudad, que se debía realizar un mejoramiento barrial integral –hábitat-cultura-empleo-, sin desalojo, que era la práctica e intervención urbanística, que debía sustituir los grandes proyectos de renovación urbana. Era una intervención pragmática, menos ostentosa, pero más adaptada a las situaciones económicas de los países pobres y que debía involucrar a los moradores en un proceso educativo, mutuo. Recuerdo como ayer, mi primera asesoría de tesis en La Ciénaga-Los Guandules: un diseño participante. Una experiencia única e irrepetible que dediqué a mi pequeño Chiqui.