¿A dónde se fue el dinero?

POR PEDRO GIL ITURBIDES
Una queja bastante generalizada alude a la pregunta que sirve de título a este escrito. Refrenado el sistema económico con disposiciones de carácter monetario y fiscal, comenzamos a resentirnos. La imposición de mecanismos monetarios y fiscales ha venido a operar como la brida y la espuela en el caballo. Impotente o incompetente el dueño de la bestia para dominar el corcel, decide sujetarla tirando de la brida y clavando la espuela. En realidad el país necesita un reordenamiento del gasto público e impulsar a los sectores que generan riqueza.

Lejos de ello, estamos refrenando tales sectores al colocarle bridas y clavándole las espuelas. Esto, ni más ni menos, ocurre con el instrumento al que se ha denominado número de comprobante fiscal. Tratados como pícaros y evasores los sectores productivos, soportan el peso de un mecanismo de control que encarece sus operaciones empresariales. Porque no poca brega, por lo menos en su aplicación inicial, supone esta traba que ha comenzado a restringir el trabajo de artesanos, pequeños negocios y buhoneros. Porque unos y otros están imposibilitados de presentar su famoso número y, por lo que hemos escuchado, clientes tradicionales los abandonan.

Tengo un amigo que tiene un taller de carpintería de patio, y mantenía una relación de productor independiente. Beneficiado con una subcontrata, fue llamado para renegociar, al tenor de emplearlo en vez de mantener la negociación como proveedor independiente. Las razones eran obvias. El artesano, carente de recursos económicos y conocimientos, no se inscribió como posesor de números de comprobantes fiscales. Tampoco tenía, de años anteriores, registro de contribuyente. ¿Resultado? Al negarse a despojarse de su condición de artesano independiente, perdió el contrato.

Me dijo que su caso no es único, y que podía buscarme a otros que, o han cedido y otorgan copias de las cédulas de identidad para que se les pague como empleados, perdiendo también algo de sus ingresos, o quedan sin esos trabajitos. Lo peor es la cuenta que me sacó otro amigo respecto de lo que estamos regalando al administrador fiscal para que bote sin que sepamos dónde. El domingo anterior la esposa fue al supermercado, y volvió a la casa protestando.

El esposo, mi amigo, quiso permanecer a un lado de aquella conversación tediosa e insuperable. Mas le resultó imposible. Con machacona insistencia mi amiga Nilda continuó reclamándole su atención, pues entendía que la habían engañado. El esposo tomó la tira de la caja registradora e inició un minucioso chequeo destinado a dar satisfacción a la esposa. Su sorpresa, empero, no fue pequeña. A medida que avanzaba en el registro de números advirtió que una parte elevada del gasto doméstico no se destina al hogar ni queda en la caja del dueño del supermercado. Está destinado a botar en esas arcas sin fondos que son las propias del sector público.

Entré en escena a continuación, pues alarmado él, no tan sólo la esposa, vino a comunicarme a dónde para el dinero que se nos escapa tan rauda y fácilmente de las manos. ¡Va al barril sin fondo del gobierno!, me dijo. Y a continuación me explicó que la quinta parte del gasto en alimentos y utensilios de una casa, es del gobierno. Y como quien no quiere la cosa pudimos recordarle nosotros que cada vez que echa combustible en su vehículo, poco más de la mitad de ese gasto también se lo apropia el gobierno.

Pensamos luego en el reclamo de empresarios de la ciudad de Santiago de los Caballeros. Hasta hoy hemos visto protestando a los sindicalistas. Pero debido a que no se maneja el gasto público con la racionalidad apropiada, no se genera ahorro público. Y como no se logra este ahorro público, tampoco se produce un nivel de inversión que impulse el desarrollo nacional.

De ahí, porque el proceso bien puede imaginarse como un círculo vicioso, que estemos sintiendo que no hay dinero en la calle. Y no sabemos dónde está nuestro dinero. O pretendemos no saberlo.