A los ladrones, por favor

Hemos aprendido que la delincuencia se presenta en dos facetas: la convencional y la organizada. La convencional muchas veces puede ser clasificada como ratería porque surge de las necesidades de los sectores más empobrecidos de la sociedad. Esos sustraen lo ajeno como una de las vías más rápidas para solucionar un problema coyuntural con el mínimo de esfuerzo.

Robarse una cartera o arrebatar un celular al distraído transeúnte han pasado a ser deportes que practican algunos jóvenes para poner a circular la adrenalina y a prueba su invulnerabilidad. En esto podría estar influyendo el efecto negativo de las series de televisión donde se banaliza el crimen de una manera increíble y al delincuente se le ensalza como algo carismático y digno de ser imitado.

Sin embargo, la sociedad moderna dominicana ha generado una delincuencia organizada que no es producto de la crisis económica sino de la aplicación de un principio económico capitalista: obtener la maximización de las ganancias con el mínimo de gastos. En ese extremo están los secuestros, el tráfico de drogas, el trasiego de seres humanos de un país a otro y el comercio ilícito de armas de fuego. Tampoco podemos olvidar los auto-asaltos bancarios desde adentro realizados por los propios banqueros. Eso es lo que podría calificarse como “big bussines” o grandes negocios a los que sólo les faltan los anuncios por televisión para promocionar sus actividades. Para ellos la impunidad está garantizada.

Pero existe un nivel medio en el campo de la delincuencia que está afectando las actividades cotidianas de la ciudadanía sin que aparezca autoridad alguna que frene un poco este problema. Nos hemos enterado hace tiempo que del puente Juan Bosch que salva el río Ozama se robaron las lámparas del alumbrado público. Eso ocurrió luego de que desaparecieran como por arte de magia los transformadores que regulaban la electricidad de esa obra. Es digno hacer notar que para mover uno solo de esos transformadores hace falta, por lo menos, un cargador frontal y un camión para transportarlo a su destino. Asimismo necesitarían una grúa telescópica porque cada farol del alumbrado del mencionado puente está colocado a la altura del techo de un edificio de tres plantas. Eso quiere decir que para treparse allí, desconectar la instalación eléctrica y desmontar las lámparas hacen falta muchas cosas, además de la habilidad de varios técnicos en electricidad. Lo más interesante del caso es que las tareas necesarias y suficientes para realizar esas operaciones toman horas, además de una pericia que no abunda mucho por estos lares. No hay que ser muy inteligente para deducir que el papel de las autoridades policiales ha sido, para darles el beneficio de la duda, de una negligencia absoluta. Nunca aparecerán las pruebas para demostrar que ha habido complicidad de los encargados de mantener el orden público y preservar las propiedades que ha financiado la sociedad dominicana.

Como si el saqueo de las instalaciones eléctricas del puente Juan Bosch no hubieran sido suficientes, ahora nos encontramos con que decenas de semáforos que tratan de regular el tránsito de la ciudad de Santo Domingo no están funcionando porque les han robado los cables que alimentan la energía eléctrica. ¿Puede alguien imaginarse, por ejemplo, a un equipo de personas abriendo una compuerta del registro por donde pasan los gruesos alambres justo frente a la bien vigilada Dirección Nacional de Control de Drogas? No sólo eso, sino que los ladrones también tendrían que hacer un despliegue técnico y de equipo semejante en la más concurrida intersección de nuestro país: la de las avenidas Máximo Gómez con “27 de Febrero”. Sin embargo, aunque parezca increíble, los ladrones parecen haber descubierto la fórmula de la invisibilidad para que las autoridades ni siquiera miren hacia donde ellos se encuentran de manera que puedan realizar su operación de negocios con el mínimo de riesgo.

Consternado ante los acontecimientos delictuales más recientes, he decidido solicitarle a los ladrones que tengan un poco de consideración en relación con las instalaciones de los servicios públicos. Puesto que gozan de la impunidad absoluta gracias a su capacidad de hacerse invisibles ante las autoridades, debían tener un poco de consideración por los que tenemos que sufrir los tapones del tránsito. A falta de que los policías no cumplen con el deber que les corresponde, me ofrezco para promover una recolecta de manera que los ladrones puedan seguir haciéndose más ricos pero, por lo menos, nosotros podamos transitar por las calles capitaleñas con más tranquilidad y orden.