A mi amigo eterno, Miguel Cocco

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Marcaré las 09:15 horas del miércoles 20, del año 2009, como una hora distinta.  Esa hora ha pretendido arrancarnos a Miguel.  Y no pudo.

La enfermedad y la hora, aunque perversas, no hicieron más que afianzar su rigor de determinación inigualable. Ha burlado a todas.

¡Fallaron!.  Ambas, fallaron.  Miguel, ahora, está más vivo.  No es de ocasión decirlo.  ¡Ya lo verán!

No habrá olvido.  Pues, el tiempo no pasa sobre esas alturas.  El tiempo no alcanza al infinito.  La nube del tiempo no alcanza la luz de Miguel.

Esa es y será una luz de decoro, una luz de honestidad, una luz imperecedera de lucha y de determinación, una luz de bondad, una luz de reciedumbre moral, una luz de equidad, una luz de ejemplo, una luz de esperanza.

Una luz de sacrificio que resplandece.  Una luz que creó y que germinará en rayos poderosos de esperanzas.

¡Ah 09:15 horas que eres desdichada!. Te equivocaste.  Quisiste, con ráfagas de impetuosos vientos imprudentes, llevarte lo que creíste solo era un destello. Tuviste que rendirte y dejárnoslo para siempre.

Si existe la inmortalidad, Miguel ya la habrá tomado por asalto.  Y si existiere el mundo de los justos, él estará allí con méritos de otero. Pues, en el mundo terrenal, en tu terruño, en el alma del dominicano, estás en la cima, para siempre.

Ha quedado marcado un antes y un después.  Y, en medio, él.  Innegablemente nos hacen falta algunos Miguel!.

En medio de una sociedad y de un mundo que se debate entre escándalos, crisis, y escasas esperanzas, marcaré las 9:16 de la mañana del miércoles 20, del año 2009, con el distintivo de que todavía queda del pueblo que valora lo bueno.  A partir de esa hora, solo falta aprender a imitar al Miguel eterno.