A mi madre, Carmen Fernández

http://hoy.com.do/image/article/420/460x390/0/11DA90DF-5585-480E-BE14-2318311C0A54.jpeg

Presumo que mis hermanos me seleccionaron para este papel por la creencia popular de que los abogados escriben bonito y bien, pero lo externado más adelante no es consecuencia de experiencia profesional, sino la máxima expresión de sentimientos de amor.

Desde las profundidades de mi memoria, llegan aquellas imágenes de joven madre-esposa, que prodigaba atenciones y vigilancias a su gran prole, como las grandes gallinas criadoras, pero también con el amor, admiración y respeto que trataba al único hombre que (según sus propias palabras) amó: Papito Núñez, su esposo, viviendo en una situación holgada en todos los órdenes de la vida.

Un día aciago, el 10  de noviembre de 1950,  del cual no quiero recordar, unas onzas de plomo del arma de un asesino de la tiranía cambiaron de manera brutal todo aquel panorama de bienestar y seguridad, que todavía 59 años después algunas noches, como un video en “replay” pasan por mi mente nítidamente aquellas escenas terribles, propias de ese gran autor Frank Kafka, la pérdida a destiempo de quien constituía el sostén y brazo ejecutor de aquella familia destrozada por la desgracia.

Pero si conmovedora era la situación, tenebrosa constituía la escena de aquella joven, con siete muchachos, de los cuales la más pequeña apenas balbuceaba palabras. Viuda, preparada solo para lo que entrenaban a las mujeres de la época: oficios domésticos. Nadie ni en sentido figurado le advirtió que debía  prepararse para la desgracia. Más temprano de lo esperado, comenzó a recibir los latigazos de la cruda realidad de la vida.   

Yo que viví a mi tierna edad esa terrible experiencia,  recuerdo que me aferré a su lado en la mecedora, en aquellos días posteriores a la tragedia, cuando escuchaba a todas aquellas personas amigas pedirle resignación, la sentía a altas horas de la noche llorar en silencio. Pero cuando parecía  que la nave se iba a pique, cuando algunos samaritanos le solicitaban la entrega de alguno de sus polluelos,  se levantó de sus propias cenizas, como  el ave fénix,   y con un gran temple y coraje,   decidió enfrentar su destino lleno de espinas y escollos, asumiendo el doble papel de madre y padre, en una época por demás peligrosa.  Es  a partir de este momento cuando comienza a acrecentar su figura ante nuestros ojos, enfrentando todas las adversidades y miserias, pero con orgullo   fue venciendo los obstáculos. Colocó a cada unos de sus hijos en condiciones de elegir su propio destino y algunos llegaron a pensar que había llegado la hora de  retirarse y descansar. ¡Qué va!, una vez más demuestra su temple y nos dice: “Terminé con ustedes, ahora me toca a mí”, y emprende un nuevo desafío en su vida: se dirige  hacia Estados Unidos   donde decide vivir su vida  sin ataduras y se convierte en ciudadana ejemplar y con  trabajo se proporciona satisfacciones  y labra su futuro, lo que le ha  ha permitido cumplir sus  deseos de viajar y conocer el mundo.

Le damos  gracias a Dios por habernos dado y permitido la madre que tenemos y declarar solemnemente que lo único que deseamos es que le dé mucha salud para que sigamos  disfrutándola.

Mamá, creo sin temor a equivocarme que tus frutos han compensado tus sacrificios  y que en una sociedad tan podrida, ninguno de tus hijos y nietos, a pesar de las tentaciones, han caído en la corrupción o en las drogas y esto se debe mayormente a los valores que nos impregnaste.