A PLENO PULMÓN

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Desencanto colectivo

A veces produce tristeza tener que vivir en la República Dominicana, en medio del desorden, la imprevisión, la insensatez.  Sin embargo, acostumbrados al calor, al follaje tropical, a las “garatas” políticas y a la bribonería general, olvidamos rápidamente “las penas grupales”, y optamos por vivir de cualquier modo.  “Después de todo –afirman algunos filósofos rurales- a la vida no debemos ponerle muchos peros, pues la muerte ataca por sorpresa”.  Así, de este modo, oscilamos entre “echar malas palabras”, adaptarnos a las circunstancias o entristecernos provisionalmente.  La actividad de los partidos políticos, las relaciones dominico-haitianas, la impunidad de los delincuentes, son permanentes motivos de pesadumbre.

Los periódicos de ayer consignan una declaración de Monseñor Agripino Núñez Collado, rector de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, acerca de “la crisis del PRD”.  Monseñor Núñez, mediador experimentado en nuestros conflictos sociales y políticos dijo: “yo prefiero no opinar sobre eso; sólo puedo pedir que Dios los ilumine y piensen en el país”.  Ciertamente, nuestro país podría ser un territorio mucho más grato y auspicioso si nos empeñáramos en hacer de él “un mejor lugar”, como pretendía Pedro Henríquez Ureña.  A diferencia de utopía, que significa lugar que no existe, “eutopía” es, simplemente, un mejor lugar.  Proponía trabajar duro hasta lograr vivir en un lugar que nunca sería “perfecto”, pero que podría ser mejor.

Algunos aspectos de nuestro endeudamiento externo son inquietantes.  Aunque hoy vivimos en todo el mundo una “edad de las deudas”, y existe un “mercado de deudas”, no deja de ser peligroso endeudarse hasta el extremo de poner en riesgo la estabilidad de las monedas.  Cuando una moneda se tambalea, el sacudimiento puede acarrear trastornos sociales considerables.  El ministro de Industria y Comercio ha declarado hace poco que el acuerdo petrolero con Venezuela “no es sostenible”.

En vista del marco económico internacional de la actualidad, debería prevalecer la sensatez; pero no ocurre así. Los problemas de la comunidad económica europea, la desaceleración de la economía China, la situación política de Venezuela, no parecen perturbar a nuestros líderes políticos. La pobreza es causa de grandes rebeliones; el desencanto de los hombres comunes impulsa más cambios sociales de los que suponen los políticos de la República Dominicana.