A PLENO PULMÓN

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“Subir los vidrios”, bajar el mamparo, cerrar la puerta, poner el candado, cruzar la tranca, son algunas de las expresiones que oímos todos los días.  Todas apuntan hacia la inseguridad en que vivimos, desde que amanece hasta que anochece. No hay oficina importante de negocios que no exija a los visitantes presentar la “cédula de identidad y electoral”.  A cada visitante se le entrega una tarjeta con un código en cinta magnética para abrir las puertas.  Vigilantes, celadores, “guachimanes”, están apostados a la entrada de cualquier edificio, de oficinas, de apartamentos, centro comercial.  Los negocios “de seguridad” han proliferado en toda la República.

 Antiguos policías, ex-militares de distintas armas, son propietarios o gerentes de las empresas de vigilantes uniformados.  Actúan como contratistas de “seguridad privada”.  Militares y policías son “expertos en el control de la violencia”, según establecen las nomenclaturas de sociólogos y humanistas.  Así como terratenientes y empresarios pueden tener “control de la riqueza o del empleo” y las universidades e iglesias “control de las ideologías”, guardias y policías juegan el papel de “última instancia” en los conflictos sociales.  Lo que no conseguimos dirimir mediante la disciplina laboral, la persuasión económica  o la intervención de tribunales, se resuelve con macanas y revólveres.

 Los sociólogos contemporáneos estiman que la educación, las convicciones religiosas, las costumbres establecidas, funcionan como frenos espontáneos de la conducta.  Son controles que se aplican de adentro hacia afuera, sin necesidad de coerción.  Cuando esos frenos no existen no quedan más recursos que el garrote, la intimidación, la represión impiadosa. Esta es la causa de que la mayor parte de nuestros presidentes hayan sido generales y un gran número de nuestros gobiernos sean calificados de “anti-democráticos” o francamente dictatoriales. 

 El auge de la delincuencia ha obligado a la creación de “patrullas mixtas”, compuestas por policías y miembros del ejército.  En algunos lugares se han instalado carteles que rezan: “vigilancia militar”.  Es ingrato ver, en los alrededores de un supermercado, a soldados con armas largas.  Pero la gente prefiere esta “vigilancia inquietante” y no estar a merced de los asaltantes.  No obstante, la pregunta que deben hacerse los estudiosos de sociedades hispanoamericanas es: ¿A cuáles grupos sociales  conviene mantener ese estado de cosas?