A PLENO PULMÓN.

El pasado viernes un ex – presidente de Corea del Sur decidió suicidarse.  Roh Moo – Hyun, de 62 años, se lanzó desde un acantilado para acabar con su vida.  Dejó una nota a su familia en la que decía: “para mi todo es difícil.”  Se disculpó “por haber hecho sufrir a demasiada gente”.  La información acerca de su muerte explica que  se trataba de un “reformista de izquierda deshonrado por un escándalo de corrupción que mancilló su reputación.”

El asunto básico  es que los políticos, generalmente, hacen daño a un montón de personas; no sólo a sus enemigos del partido opuesto, a una clase social determinada, a un estamento o gremio especifico; no; un político malvado, inepto, tal vez cegado por la ambición, podría perjudicar a todos los habitantes de un país.  Un político, acompañado de un economista irresponsable, tiene suficiente capacidad para generar una catástrofe colectiva.  Lo cual ha ocurrido más de una vez, en Europa y en América.

De esto se sigue que deberían disculparse con más frecuencia o suicidarse a menudo; así pagarían una porción importante de sus diabluras contra la población.  Por supuesto, no todos los gobernantes son iguales.   Hubo siempre buenos emperadores, reyes dignos de  ser recordados con gratitud, presidentes admirados por sus previsiones y obras públicas.  Incluso los hay ahora, en esta época difícil, caracterizada por el desconcierto y la depredación.

El célebre filósofo judío Baruch Spinoza escribió: “Repito que no es el fin del Estado convertir a los hombres de seres racionales en bestias o en autómatas, sino por el contrario que su espíritu y su cuerpo se desenvuelvan en todas sus funciones y hagan libre uso de la razón sin rivalizar por el odio, la cólera o el engañó […].”   El pobre Spinoza, expulsado de la sinagoga por el rabinato, se dedicó a pulir lentes para ganarse la vida de manera independiente.  No aceptó ser profesor de la Universidad de Heidelberg.  Desde su taller de optómetra, Spinoza reflexionaba sobre los abusos de su tiempo: persecuciones religiosas, excesos de poder.   Los políticos, al conseguir controlar el Estado, pueden convertirnos “en bestias o en autómatas”.  Ya era hora de que alguno sintiera arrepentimiento y decidiera arrojarse por un precipicio.