Luces y obscuridades

federico

Frente a una página en blanco, un escritor intentaba llenarla de “oscuridades gráficas con sentido”. Sabía que todas las cosas tienen dos caras; y que hasta el lenguaje es ambiguo. A pesar de ello, fue colocando palabras en el papel para ir obscureciéndolo con las manchas de tinta que salían de su pluma. Ese escritor estaba convencido de que es posible expresarse adecuadamente, aunque los objetos tengan más de una cara y el idioma contenga vocablos ambiguos y giros inexpresivos, idiotismos y frases huecas convencionales. Con el mismo hilo que se tejen las sogas para condenados a la horca, se bordan los dibujos de los tapices más hermosos.

Las palabras son como piedras y ladrillos para un albañil; el albañil las coloca: una sobre otra, una frente a otra; o condena los ladrillos a una rima arquitectónica: de dos en dos; de tres en tres; o dos grandes y un pequeño, dos ladrillos y una piedra. El albañil combina materiales de construcción; el escritor escoge las palabras y las organiza de un modo especial. Verbos, sustantivos, adjetivos, son los goznes que articulan la marcha del discurso; pero en esos tres instrumentos no reside la efectividad del poema, del relato, el atractivo de la argumentación. La obra literaria es una “tajada” de la vida pintada con palabras.

Una “tajada” extraída del aguacate total de la realidad. Al separarla, debe quedar visible el interior de la fruta, su semilla y la extraña película que la recubre. El contexto al que pertenece el poema, la narración o, si se quiere, “la proclamación”, debe quedar expuesto, visible o insinuado, a fin de que el lector lo incorpore, imaginativamente, a la “tajada” o trozo de vida que le ofrece el escritor. La obra de arte es un desprendimiento de la vida.

Las palabras permiten construir una suerte de claroscuro donde destacan unas siluetas, mientras otras figuras quedan disimuladas en las sombras. Unas cosas se ponen en relieve; otras se dejan en bosquejo; pero ambas permanecen presentes en el cuadro. No todo ha de aparecer a plena luz del sol. Si el escritor no levanta los ojos del papel, sólo verá las palabras-ladrillos; no apreciará entonces el panorama de la vida.