Testamento del demonio (3)

Federico  Henríquez Gratereaux

–Abogado, quiero repetirlo; no intente hacer trampas con mis documentos notariales. No tengo hijos, como bien sabe; pero debo garantizar la continuidad de la acción del mal en el mundo. No estoy dispuesto a confiar esa tarea enorme a unos diablejos auxiliares, sin comprensión de los complicados asuntos que interactúan en la maldad. Por eso el testamento tiene que abarcar todas las modalidades del mal, organizadas en acápites, fascículos, ordinales, para cada caso: lujuria, codicia, intriga, envidia, saqueo, asesinato. No voy a exponerme a pasar por el ridículo de que ciertos religiosos crean que rehúyo la responsabilidad del liderazgo en tiempo de incremento de la criminalidad.

–No será abdicación, ni derrota. Después de tomar un trago de agua tibia sulfurosa, el demonio continuó explicando al abogado. –Para perpetuar mis directrices perversas se requiere una organización, una maquinaria refinada que produzca maldad sin parar, como una troqueladora de botones. ¿Entiende, abogado? Crear maldad sin intervención directa del demonio es un problema de producción. Nadie me heredará personalmente; hay que establecer un conglomerado para operar el mal desde un centro de cómputos.
–No puedo tener hijos; un viejo poeta caribeño escribió: “el odio es el estéril amor de los demonios”; y un periodista necio de la República Dominicana sostiene, sin ningún fundamento científico, que el odio deforma los espermatozoides y acidula el semen. No estoy seguro de que odiar me haya hecho infecundo… igual que un mulo de carga. El testamento no designará un sucesor; funcionará como una constitución política al definir los poderes públicos. La TV, la red de “Internet”, la telefonía celular, son medios que no hemos aprovechado plenamente, según opina mi publicista.
–Abogado, la semilla de mal está enterrada en el hombre desde que el mundo es mundo. Poner el mal “en marcha” puede lograrse con un discurso, un gesto, una actitud seductora. El tal Shakespeare, celebrado teatrista que los ingleses cultos tienen por genio, lo creyó así. En los tiempos de ese hombre el mal afectaba a grupos pequeños; se transmitía a pie; de boca en boca. Ahora puede difundirse por vías expeditas. El camino rápido, el “fast track”, como dicen los americanos, fabrica ricos y famosos todos los años. ¿Lo entiendes, abogado? (2011).