A PLENO PULMÓN
Subalterno y superior

Todos creían que él buscaba desesperadamente alguna señal en el fondo de la copa.  Cuando terminaba de beber el vino se quedaba mirando los restos del licor, como si descifrara un mensaje del más allá. El camarero renovaba la bebida; el hombre volvía a consumirla y a examinar el sedimento del vino con  gran cuidado.  Este sujeto llegaba al bar todos los días a las 4:30 de la tarde; pedía una botella de vino portugués y se sentaba en la barra hasta las ocho de la noche.  Un día, cierto camarero irrespetuoso le preguntó: -¿Ese vino trae algún premio en las botellas o el número de una rifa de promoción?

El bebedor levantó la cabeza de la copa, miró al camarero con ojos de sorpresa y contestó: -oiga, yo jamás he preguntado el precio de sus vinos, me limito a pagar lo que ustedes cobran por lo que he consumido; después me levanto y me voy a mi casa sin hablar con ninguno de ustedes; en ocasiones me quedo mirando tantas botellas de vino malo como tienen aquí en los anaqueles; y esos jamones de mala muerte que cuelgan ahí; pero nunca pregunto nada a nadie; usted es un fresco que se atreve a interrogar a un cliente que no molesta de ninguna manera.                 Las últimas palabras las dijo con voz irritada y fuerte.

Todos creían que él buscaba alguna señal en el fondo de la copa.  Cuando terminaba de beber el vino se quedaba mirando los restos del licor, como si descifrara un mensaje.

La cajera escuchó la discusión y llamó al “sommelier”  -parece que el nuevo camarero ha armado un lío; quizás haya que ir a ver qué pasa.  El “sommelier” se acercó a la barra en el momento en que el parroquiano, con la cara roja, decía: -¡Lo mejor será no volver a esta barra de mierda!  -Cálmese señor, aquí estamos para servir al cliente.

Pero el cliente avanzó resueltamente hacia la puerta del establecimiento.  Una vez estuvo afuera, acompañado por el “sommelier”, siguió hablando: -en este país no hay autoridades que se respeten; ni siquiera los infelices muertos de hambre saben cuál es su puesto; acaba de conseguir trabajo y ya se da el lujo de tratar desconsideradamente a un extraño.  El populismo ha llegado a un punto insostenible; pronto un cabo preguntará a un general si se ha cepillado los dientes.