A PLENO PULMÓN
Edad del bronce robado

Hace muchos años robaron los restos de Alonso de Ojeda, que reposaban bajo la puerta en ruinas de la iglesia de San Francisco.  Ojeda quiso que todos los que entraran a la iglesia  “pisaran sobre sus huesos”. Encima del nicho se colocó un relieve de bronce esculpido por el artista Manolo Pascual. El ladrón también cargó con el hermoso relieve.  Se dijo entonces que el autor del robo podría ser un coleccionista o un historiador. Nunca se identificó al responsable. 

En Santo Domingo Ojeda divertía a las damas de la corte del virrey Diego Colón, pescando palomas con anzuelos desde lo alto de la Torre del Homenaje.  Se dice que una flecha taina envenenada le alcanzó un tobillo y Ojeda, con la espada al rojo vivo, cauterizó la herida; quedó cojo para siempre. El conde Agustín de Foxá llamó a ese procedimiento curativo “una bárbara penicilina”.  Pero Ojeda también cumplió otros papeles, en Cuba, en Venezuela.  Por eso se rumoreó que los gobiernos de dichos países, tal vez, auspiciaron el robo.

Ojeda, conquistador de Venezuela, fue quien introdujo en Cuba el Ave María.  Quizás los cubanos de hoy no dirían “Ave María, chico”, sin ese antecedente histórico.  No podemos acusar del robo a los cubanos, ni a los venezolanos, sin las pruebas correspondientes. El problema actual es que los bronces desaparecen rápidamente y no se realizan pesquisas para apresar a los culpables. El sable de la estatua de Máximo Gómez se esfumó misteriosamente; el busto de María Trinidad Sánchez, según me ha contado un médico, fue sustraído del parquecito triangular de las calles Mercedes y Luperón. Este bronce también era obra del escultor Manolo Pascual.  El mismo destino tuvo la estatua de Caonabo encadenado, modelada por Abelardo Rodríguez Urdaneta.

Parece que la venta de metales está en alza y la vigilancia de las plazas públicas en baja.  Temo que la estatua del sacerdote peruano Gaspar Hernández sea la próxima víctima. Vivimos, pues, la novísima “edad del bronce robado”.  Hasta ahora, Gaspar Hernández ha resistido frente a la iglesia del Carmen.  Un gran árbol de higos impide el posicionamiento adecuado de la grúa necesaria para remover la estatua.  Sentado tranquilamente, el padre Gaspar espera su turno.