A PLENO PULMÓN
Intemperie ciudadana

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La actividad política es cada día más peligrosa.  En el mundo de hoy su “ejercicio adecuado” es una tarea heroica.  Antiguamente un político en campaña podía ser asesinado a tiros por sus contrincantes en un sitio público, mientras pronunciaba un discurso.  Esto ha ocurrido en Colombia, en México, como recordarán muchos lectores.  Pero ahora los políticos pueden amanecer ahorcados, envenenados o con las vísceras quemadas por substancias radiactivas, sin haber salido de sus casas.  Asesinatos políticos hubo desde la más remota antigüedad.  La muerte de Cayo Julio César, en el año 44, suele mencionarse como “ejemplo clásico”.  No han dejado de ocurrir nunca.  Lincoln y Kennedy son dos casos señeros de los dos últimos siglos.

 En tiempos de uso generalizado de la alta tecnología electrónica, los riesgos son mayores que antes.  Líderes extremistas de grupos étnicos marginados, dirigentes de organizaciones religiosas fundamentalistas, pueden morir reventados al atender una llamada telefónica.  Satélites artificiales, cámaras de largo alcance, vehículos dirigidos por control remoto, son utilizados como instrumentos de vigilancia política.  El crecimiento de la población urbana favorece la impunidad de los delincuentes.  En algunos países, los jerarcas del crimen organizado han invalidado los poderes del Estado; y, por supuesto, suprimido “el imperio de la Ley”.  Existen lugares donde funcionarios, empresarios, artistas, contratan asesinos a sueldo para matar a sus enemigos, políticos o profesionales.

 Violencia, coerción, apremio corporal, prisión sin proceso, métodos usados desde siempre, ahora se practican de modo programático, feroz, “computarizado”.  El diario español “El País” publicó en su edición  de ayer una amplia nota acerca de la represión política en la Rusia actual. De esa represión no escapan empresarios, artistas “pops”, periodistas, escritores, publicistas.  Sindicalistas, activistas en pro de los derechos ciudadanos, sufren en Rusia dolorosas vejaciones.  Los tribunales de la justicia ordinaria son “manipulados” por el poder ejecutivo.

 No sólo en la Rusia ex-soviética se han quedado los ciudadanos sin “garantías constitucionales”; en todas partes vacilan los respetos “a la persona humana”; y no se cumple a cabalidad con “los debidos procesos” en el orden judicial.  Gobiernos “surgidos de las urnas”, tienden al totalitarismo; los viejos liberales, por amor al orden público, se vuelven partidarios de embozadas formas de “dirigismo estatal”. ¿Un retroceso social?