A PLENO PULMÓN
Matrimonio  y teología

Algunos teólogos bizantinos argumentaban que lo que define al padre es el hijo; estimaban que hasta que un hombre no tiene un hijo no puede llamársele padre; es el nacimiento del hijo que le otorga esa condición.  Aunque todo hombre tenga en potencia la posibilidad de ser padre, solamente lo es con el advenimiento del hijo.  Estos razonamientos los aplicaban a la trinidad de Dios: Padre, Hijo, Espíritu Santo.  De modo más simple, apartándonos de estas discusiones teológicas, digamos: hasta que un hombre no contrae matrimonio no es un esposo.  Siendo esposo puede “formar familia” y tener la posibilidad de procrear hijos legítimos.

 El matrimonio es hoy una institución vapuleada por las “costumbres liberales”, por las crisis económicas, por las dificultades laborales que caracterizan las grandes ciudades: largos trayectos en trenes y autobuses, almuerzos fuera de la casa, regresos demorados al hogar, competencia feroz por la sobrevivencia.  Hombres y mujeres quedan afectados por igual.  Sin embargo, la experiencia de un matrimonio prolongado es imborrable.  Produce vínculos humanos indestructibles: primero entre los cónyuges mismos, después con los hijos, luego con los nietos.  La vida de hombres y mujeres culmina en la vejez, esto es, cuando ya tienen hijos y nietos. La vejez es un miradero privilegiado para la “contemplación panorámica” de la vida.

 El general Charles De Gaulle decía: “la vejez es un naufragio”; otras personas afirman: es el tiempo penoso del cardiólogo y del farmacéutico.  Pero también hay ancianos satisfechos que sostienen: “es mejor ser viejo que difunto”.  Según Homero, el adivino Tiresias pronosticó a Odiseo que moriría “abrumado por una placentera vejez”.  Es el momento en que los hombres hacen el balance general de las cuentas, como hizo Salomón en Eclesiastés.

Un hombre común y corriente – no Salomón, Odiseo o De Gaulle-, arribó a la conclusión de que si no hubiese tenido a su mujer, a sus hijos y nietos, no habría llegado a ser la persona concreta que pretendía ser.  Tal vez no habría trabajado tanto para educar a sus hijos; ni habría aprendido a “contar con los demás”.  Sacó en limpio que todo su andamiaje afectivo dependía de la relación con su familia.  Descubrió que los teólogos bizantinos no estaban completamente perdidos.