A PLENO PULMÓN
Navegar  en el miedo

En la República Dominicana mucha gente tiene miedo.  Tiene miedo a los ladrones, a los asaltantes, a los policías; los temores abarcan muchos aspectos de la vida cotidiana: desde los servicios públicos, hasta los partidos políticos y las “estructuras gubernamentales”.

–¿Cuánto tiempo pasaremos hoy sin energía eléctrica? –¿Podremos planchar la ropa? –¿Las máquinas de coser perderán otra vez el día? –¿La escasez de agua continuará? –¿Qué nuevas disposiciones tomará el gobierno para cobrar más impuestos? –¿Los “partidos de masas”, seguirán siendo cooperativas cerradas? –¿No acabará nunca la acción depredadora de algunos funcionarios públicos?   Estas preguntas las hacen todos los días amas de casa, artesanos, estudiantes, oficinistas.

 ¿Qué decir de los sicarios? Hemos visto matar a plena luz del día toda clase de personas: delincuentes ligados a redes de traficantes de drogas, convictos que se fugan de las cárceles pueden morir baleados en las calles; otros convictos son asesinados dentro de sus propias celdas.  Han muerto militares, celestinas, espías retirados, congresistas, guardaespaldas profesionales, choferes de políticos. Numerosos atentados  concluyeron en heridas graves o invalidez permanente. Hay suficientes motivos para justificar el temor difuso.   En cambio, no hay ningún indicio que nos permita confiar en “la justicia ordinaria”.  Ordinariamente, “la justicia tarda” o “no hace nᔠcomo declara el merengue “a la orilla e la empalizá”.

El miedo es un factor constante en la vida animal.  En los seres humanos, la continuidad del miedo produce daños psíquicos irreversibles.  Ortega afirmaba que: “el miedo hace al hombre torpe de mente y moción”; observó también: “lleva las facultades del bruto a su mayor rendimiento”.  Este filósofo concluyó en que el miedo en el hombre “frenetiza y envilece”.  Pero no entraremos en la discusión de tan intrincados misterios de la psicología.

Diremos solamente que el miedo es mal consejero político.  Los hombres atrapados por el miedo suelen tener pesadillas horribles.  Y en horas de vigilia el miedo no les deja ver claramente la realidad. Deforman los objetos, como si los vieran a través de un lente ondulado.  Pueden llegar a creer que “cualquier cosa” es mejor que vivir con un nudo en la garganta.  La fatiga del miedo les empuja a tomar decisiones desesperadas.  El miedo es un mal consejero.