A PLENO PULMÓN
No salir a la calle

Es una pena que la mayor parte de los problemas de la sociedad dominicana se afronten con “el expediente” de la resignación.  El abandono del campo de batalla, la entrega sin lucha o rendición incondicional, suele ser el camino preferido.  Si las riñas en los bares son frecuentes y los excesos en las bebidas producen “hechos de sangre”, se estima que lo mejor es dejar de beber a partir de las diez de la noche. El hombre común debe fijar un horario para tomar cerveza.   La Secretaría de Estado de lo Interior cree prudente dictar un reglamento y lo mismo piensan muchos sacerdotes y periodistas.

El revoltoso de mala bebida, el turbulento que destruye la paz de cientos de bebedores pacíficos, ese no tiene que ser contenido, sancionado o echado de las tabernas.  ¿A quienes ponen limitaciones?  A los que se comportan correctamente.  Para evitar que los delincuentes nocturnos nos asalten debemos “acostarnos temprano”.  Enviar a las calles más patrullas policiales, a partir de ciertas horas, no parece una opción razonable.

Si un proceso judicial se torna engorroso o conflictivo lo mejor es aplazarlo.  El reenvío es “figura jurídica” de aplicación permanente en todo el país, en tribunales de cualquier nivel.   El robo de las tapas metálicas de las cloacas, y de las estatuas de bronce, no hay necesidad de controlarlo.  La “solución” es  – se nos dice –  sustituir las tapas de acero por tapas plásticas; confeccionar estatuas de cemento o de goma es mucho más práctico y menos costoso.  Vigilar plazas y propiedades públicas es  “tiempo perdido”.

El caso es que nos vamos “contrayendo” o encogiendo para acomodar nuestras vidas a la voluntad de los delincuentes.  Y esto que ocurre con los bares y las bebidas, con las estatuas de los parques, con las escotillas de las cloacas, sucede también con la administración de justicia, con las cárceles, con el tránsito de vehículos, con los comestibles vencidos, con los desfalcos de los funcionarios políticos.  La abulia es tal que vivimos en el reino de la caricatura, como sabe de sobra Harold Priego.  Puede llegar un día en que los ayuntamientos dispongan que sólo debemos salir a la calle los lunes, miércoles y viernes.