A Pleno Pulmón
¿Pica y se extiende?

En el curso de mi vida ha cambiado muy poco la casilla de la cédula de identidad correspondiente a “ocupación”.  Primero decía: “estudiante”, después “empleado privado” y, desde hace muchísimo tiempo, “periodista”.  A veces, en momentos de euforia intelectual, quisiera que algún día dijera: “profeta”.  Hasta ahora, no ha ocurrido semejante cosa. Mis pronósticos sociales, políticos, culturales, han sido como las predicciones meteorológicas: “tronadas leves y chubascos aislados”.  En estas últimas semanas, con motivo del asunto de la Barrick Gold, he vuelto a sentir “necesidad” del don de profecía.  El conflicto entre el gobierno dominicano y la empresa minera, como dicen los fanáticos del béisbol, “pica y se extiende”.

 Lo primero que debemos consignar es que se han producido ya unos treinta embarques de doré, una aleación de oro y plata que la empresa elabora en la mina de Pueblo Viejo.  Las aduanas dominicanas no tienen modo de comprobar cuántas onzas son de oro y cuantas de plata.  Los equipos técnicos  para verificar estos pesos son disponibles en nuestro país y fuera de él; pero no están instalados en las aduanas.  Algo así como que en un establo de vacas lecheras no hubiese densímetros que permitiesen saber si los ordeñadores añaden agua a la leche.

Debemos confiar en las declaraciones de embarque que preparan los propios procesadores de los metales preciosos, esto es, de uno muy preciado y de otro menos preciado, que se transportan juntos –reburujados-, de manera sólo discernible para los especialistas del ramo.  El valor del embarque depende del número de onzas que contenga, de uno y de otro metal, cada barra de doré.  A partir de esos valores se hace el cálculo de los beneficios que corresponden a la empresa o al Estado dominicano.

Los diplomáticos del Canadá, de los Estados Unidos, lo mismo que las autoridades aduanales de la RD, deben hacer un minucioso examen de estas circunstancias especiales que rodean al oro y la plata, tratándose de mercancías con tan elevados precios. E informarlo al público con la mayor escuetez y precisión.   Puedo entrever, sin tener las facultades del profeta Isaías, que esto nos ayudaría a modificar un contrato que “pica y  hace roncha”.  ¿Cambiaré de “ocupación” esta vez?