A PLENO PULMÓN
Picaduras de abejas

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–¿Para qué sirve la literatura?  ¿Para henchir la vanidad de los autores? ¿Para entretener a quienes no son escritores? ¿Para desentrañar misterios sociales? ¿Para que sean perdurables las emociones y pensamientos de algunos hombres?  ¿Para que la historia y los razonamientos se conviertan en dramas cinematográficos?  Tal vez la literatura sea el arte de cincelar varios metales superpuestos, en una especie de “ataujía sentimental”.  Esta lluvia de preguntas tuvo lugar en una mesa de la taberna del huevo.  Aquel día sólo había dos personas: un escritor caribeño y un poeta valenciano de ojos saltones y boca excesivamente apretada.

 Era un sujeto que parecía estar en tensión; algo le angustiaba o le preocupaba o amenazaba.  Por lo menos eso creí cuando empecé a escuchar sus opiniones.  –¿Vive usted en esta ciudad?  ¿pregunté, un poco inhibido por sus ojos de enfermo.  –Hace un año que resido aquí. Vine porque estaba harto de vivir frente al cauce  seco del Turia, de discutir todos los días, inútilmente, con barceloneses empecinados y emigrantes magrebíes.  El médico de mi madre me recomendó oír música barroca para que aflojara los músculos de la cara.  “Estaba gastando los dientes de una manera atroz”.   Ella le dijo al médico que me crujían los dientes mientras dormía la siesta.

 –El día que llegué fui derecho a un parque donde tocaban músicos checos y húngaros.  Me senté en el borde de un arríate; sentí entonces una aguda picazón en la frente y perdí la noción del espacio, del tiempo; caí desplomado.  Había sufrido la picadura de una abeja que, al parecer, produjo algún choque fisiológico,  una reacción química ponzoñosa.  Uno de los músicos y su mujer me levantaron del piso, vieron el rosetón en la frente, abejas zumbando alrededor y me hicieron beber a la fuerza un antialérgico.  Eso me salvó.  Esa noche dormí en la casa de ellos.  

 –No hay modo de vivir sin sufrir o gozar a causa de lo que nos rodea.  El mundo está lleno de abejas, avispas, serpientes venenosas; también de flores, perfumes, pájaros cantores.  Aunque no deseemos participar en las guerras, no podemos evitar que las bombas exploten encima de nuestras casas.  La literatura es reviviscencia de abejas, perfumes, obuses.