A PLENO PULMÓN
Purgantes colectivos

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Haga frío o haga calor, siempre escribir es lo mejor.  Esta expresión la soltaba a menudo un escritor, asiduo visitante de una vieja cafetería de la Calle del Conde.  Transformaba así una frase muy vulgar que estaba de moda hace 30 años.  Para los escritores “poder escribir” es una bendición.  Escribir es la manera de echar afuera sus telarañas mentales.  Ese drenaje de las turbulencias interiores tiene un efecto catártico.  Al leer “lo escrito” el escritor podría descubrir que se ha aplicado un purgante sin prescripción médica.

 Un escritor, además de desalojar “huéspedes” incómodos de su propia conciencia, ayuda a limpiar las conciencias de los lectores.  Todos los hombres confrontan problemas semejantes; pero no siempre tienen la habilidad para explicarlos que exhiben los escritores.  Una u otra cosa consigue disolver conflictos individuales, sea de un lector o de un escritor.  Cuando un escritor pone el ojo sobre problemas colectivos hace entonces un servicio mucho mayor.  Prejuicios e injusticias, atropellos políticos, pugnas de grupos sociales, guerras y bancarrotas, son algunas de las causas de sufrimiento en los pueblos.

Los escritores con lamentable frecuencia son perseguidos por los poderes públicos.  Algunas veces ellos hacen duras críticas de las costumbres vigentes.  Y esto irrita a los representantes del “orden establecido”.  Levantar las faldas de las costumbres es un atrevimiento peligroso.  El poder político, claro está, puede silenciar a un escritor, prohibir la publicación de sus libros; incluso recluirle en una prisión.  Centenares de ejemplos podrían citarse sobre este punto.  Sin embargo, existen muchos métodos para lograr que un escritor muera lentamente, sin que la policía tenga que sacarle de su casa a punta de pistola.

Desde luego, no podemos confiar en la opinión de un sólo escritor.   Por útiles, acertadas, penetrantes o novedosas, que sean las ideas de un escritor, la sociedad necesita someterlas al escrutinio de otros intelectuales.  El monopolio ideológico es tan perjudicial como el monopolio de un partido político.  Es imperativo que defendamos la libertad de pensamiento de cada escritor.  El conjunto de ellos nos permite librarnos de los dolores de barriga que producen la codicia y la mala política.  Por eso, tantos gobernantes ensoberbecidos ceden a la tentación de proscribir los purgantes colectivos.