A propósito de Pepe Mujica

“La política es la lucha por la felicidad de todos.” “El poder no cambia a las personas, solo revela quienes verdaderamente son.”
Recientemente visitó nuestro país, el ex presidente de la República de Uruguay, José Mujica. Pepe, como gusta que le llamen. En el salón de la librería Cuesta, abarrotado de gente, se puso en circulación el libro “Una oveja negra en el poder” que recoge gran parte su filosofía de vida, su militancia política como tupamaro y su paso por el poder. En el dorso de la cubierta se lee lo siguiente: “Apenas cinco años como presidente de un país tan pequeño como Uruguay, han bastado para convertir a José Mujica en una figura respetada en todo el mundo, un político distinto que representa otra manera de ejercer la política y el poder, más cercano a la gente y al sentido común. Porque, como dice Mujica, “los políticos tenemos que vivir como vive la mayoría, no como vive la minoría.”
Investido como Doctor Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, fue recibido en el Aula Magna por una multitud anhelante de verlo, conocerle, oírle, aprender de él lo que de él se dice: de su humildad, su sencillez, su amor por los desposeídos y por la vida que merece ser vivida para hacer el bien y desterrar el odio y las ambiciones que no permiten ser feliz.
Parangonar esa vida digna y respetable con otra de un político nacido también en un país pequeño, que llegó a ser presidente elegido por su pueblo, parece pertinente, siendo ambos ejemplos de vida austera y sencilla, amante de la verdad y la libertad, de pensar profundo, que gobernaron sin ambiciones personales y sin odio, con amor por el sufrimiento de su pueblo y acendrado patriotismo. El “ovejo” nuestro fue derrocado por la ambición, el odio, el miedo y la sinrazón de unos pocos que nunca jamás podrán entender “que la democracia y la miseria no pueden dormir juntas en la misma cama”; “que la única manera de salir de esa situación de penurias era transformando la realidad económica social.”
Un político, como Pepe, consciente de su misión educativa, de organizar la sociedad en valores, en el sentido civilista, humanístico y ético, “porque no puede ser patriota quien no conoce los hechos de su país y no puede actuar patrióticamente quien no tenga conciencia ciudadana”, que repudia “el ideal del poder como botín”, “la práctica de políticos inescrupulosos al no disimular la formulación de una lucha por una posición que no busca servir, sino servirse.” Y advierte: “Si algún amigo nuestro, algún miembro dirigente, destacado o no, del partido, comete un delito grande o pequeño, que sepa que va a tener que enfrentarse con los tribunales.”
El nuestro nos legó la Constitución del 1963, la más liberal, democrática y avanzada, dando testimonio de su ser auténtico: de dignidad, honestidad, vocación de servicio y patriotismo. Duró apenas 7 meses. ¡Cuán diferente hubiera sido la suerte del pueblo dominicano, de nuestra democracia si tan solo le hubiesen permitido gobernar los 4 años de su mandato constitucional!