A Ricardo García y César de León: médicos intachables

A Ricardo García y César de León: médicos intachables

José Miguel Gómez

Queridos amigos, que la tierra les sea lo suficientemente leve y la eternidad lo suficientemente grande para acogerles. La medicina ha perdido dos ofertadores de la ayuda como clínicos de la endocrinología y de la buena salud. Dos profesionales intachables, de ejercicio limpio y vida transparente, de dos hombres que soportan auditoría.

Dedicados al trabajo, a la docencia, e investigación y de un servicio que, a decir de sus pacientes: humano, servicial, decente y solidario; el mejor testimonio fue la masiva presencia de sus pacientes en la funeraria, llorar y manifestar la gratitud, con dos médicos que les entregaron lo mejor de sí: la calidad y calidez humana que les adornaban la vida.


Ricardo y César, abrazaron la vida, la cuidaron y se la prolongaron a otros, pero eran humanos, la vulnerabilidad que tenemos y vivimos todos, a los riesgos biológicos que hicieron presencia en la mejor etapa de sus vidas.
Habían logrado desarrollar familia, vida de pareja, hijos, nietos, pero no lograron la séptima década de vida; sin embargo, marcaron cada espacio, cada tiempo, y cada circunstancia de la mejor manera como los hombres buenos y nobles logran trascender.

Con una hoja de vida intachable expresada por esposas, hijos y amigos. Fue una despedida sin sobresaltos, sin miedos, debido a la transparencia, el ejemplo y el mismo rostro de siempre de los que viven sin tener que bajar la cabeza. La familia abatida por el dolor, orgullosa y privilegiada por tenerlos, compartirlos, conocerlos y asimilarlos de cerebro a la piel, para quedar marcados por siempre y para siempre, como referentes social y familiar.


César de León y Ricardo García en vida vivieron el afecto, respeto y admiración dentro y fuera del vínculo primario. Asumieron el ser, su identidad como médicos y defendieron sus valores para no vivir la miseria humana del hedonismo, el pragmatismo, ni la post-verdad ni el relativismo ético de la sociedad de lo desechable.


Dos hombres de perfiles creíbles, socialmente satisfechos y existencialmente realizados. Ninguno alcanzó fortuna, pero tampoco creo que les interesaba, si escogieron su profesión y vida decente, sabían que era irreconciliable con la bulimia y la gula de las autogratificaciones cortoplacista de la sociedad líquida.


Ambos de temperamentos flemáticos, austeros, discretos, prudentes e indefensos para articular o armar daños a terceros. Por eso lo digo: dos hombres buenos, dos profesionales íntegros que la medicina pierde. Yo los quería mucho, los admiraba y los tenía como referencia.


Un hombre necesita temerle a la historia, para cuidar sus actos, su comportamiento y obtener buenos y sanos resultados de vida. Puedo confesar, que estos dos amigos y colegas médicos, fueron de los que necesitamos en el ejercicio de la medicina y de las academias. De los que vinieron a la vida a servir, a dar lo mejor de sí; como decía el poeta Amado Nervo: ¡vida nada me debes, vida nada te debo! ¡Vida estamos en paz! O uno de los nuestros, Manuel del Cabral: hay muertos que cuando el ataúd desciende el muerto más se eleva.


Conformidad para sus queridas esposas, hijos y hermanos. Nosotros todos nos quedaremos para recordarles hasta que la memoria nos sea fiel, para pronunciar sus nombres, Ricardo y César dos hermanos de vida. ¡Paz!

Más leídas