A Ricardo García y César de León: médicos intachables

A Ricardo García y César de León: médicos intachables

José Miguel Gómez, psiquiatra, durante una entrevista en el su Consultorio en el Hospital, Clínica Gacue en Santo Domingo Republica Dominicana. 20 de febrero del 2012. Foto Pedro Sosa

Queridos amigos, que la tierra les sea lo suficientemente leve y la eternidad lo suficientemente grande para acogerles. La medicina ha perdido dos ofertadores de la ayuda como clínicos de la endocrinología y de la buena salud. Dos profesionales intachables, de ejercicio limpio y vida transparente, de dos hombres que soportan auditoría.

Dedicados al trabajo, a la docencia, e investigación y de un servicio que, a decir de sus pacientes: humano, servicial, decente y solidario; el mejor testimonio fue la masiva presencia de sus pacientes en la funeraria, llorar y manifestar la gratitud, con dos médicos que les entregaron lo mejor de sí: la calidad y calidez humana que les adornaban la vida.


Ricardo y César, abrazaron la vida, la cuidaron y se la prolongaron a otros, pero eran humanos, la vulnerabilidad que tenemos y vivimos todos, a los riesgos biológicos que hicieron presencia en la mejor etapa de sus vidas.
Habían logrado desarrollar familia, vida de pareja, hijos, nietos, pero no lograron la séptima década de vida; sin embargo, marcaron cada espacio, cada tiempo, y cada circunstancia de la mejor manera como los hombres buenos y nobles logran trascender.

Con una hoja de vida intachable expresada por esposas, hijos y amigos. Fue una despedida sin sobresaltos, sin miedos, debido a la transparencia, el ejemplo y el mismo rostro de siempre de los que viven sin tener que bajar la cabeza. La familia abatida por el dolor, orgullosa y privilegiada por tenerlos, compartirlos, conocerlos y asimilarlos de cerebro a la piel, para quedar marcados por siempre y para siempre, como referentes social y familiar.


César de León y Ricardo García en vida vivieron el afecto, respeto y admiración dentro y fuera del vínculo primario. Asumieron el ser, su identidad como médicos y defendieron sus valores para no vivir la miseria humana del hedonismo, el pragmatismo, ni la post-verdad ni el relativismo ético de la sociedad de lo desechable.


Dos hombres de perfiles creíbles, socialmente satisfechos y existencialmente realizados. Ninguno alcanzó fortuna, pero tampoco creo que les interesaba, si escogieron su profesión y vida decente, sabían que era irreconciliable con la bulimia y la gula de las autogratificaciones cortoplacista de la sociedad líquida.


Ambos de temperamentos flemáticos, austeros, discretos, prudentes e indefensos para articular o armar daños a terceros. Por eso lo digo: dos hombres buenos, dos profesionales íntegros que la medicina pierde. Yo los quería mucho, los admiraba y los tenía como referencia.


Un hombre necesita temerle a la historia, para cuidar sus actos, su comportamiento y obtener buenos y sanos resultados de vida. Puedo confesar, que estos dos amigos y colegas médicos, fueron de los que necesitamos en el ejercicio de la medicina y de las academias. De los que vinieron a la vida a servir, a dar lo mejor de sí; como decía el poeta Amado Nervo: ¡vida nada me debes, vida nada te debo! ¡Vida estamos en paz! O uno de los nuestros, Manuel del Cabral: hay muertos que cuando el ataúd desciende el muerto más se eleva.


Conformidad para sus queridas esposas, hijos y hermanos. Nosotros todos nos quedaremos para recordarles hasta que la memoria nos sea fiel, para pronunciar sus nombres, Ricardo y César dos hermanos de vida. ¡Paz!

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