Abnegación, improvisaciones,
figureos y temores

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Las cuatro palabras que encabezan este artículo podrían resumir brevemente todo lo ocurrido después del devastador terremoto, que el pasado día 12 destruyó a Puerto Príncipe y a otras poblaciones, con la lamentable secuela de millares de muertos.

La abnegación y solidaridad, con que los dominicanos han hecho suya la tragedia haitiana, merece, cuando los ánimos estén sosegados, de un análisis en profundidad para corregir varios conceptos acerca de nuestra raza, conductas y de su cercanía a una disolución, fruto del consumismo enervante, que por todos lados impulsa a vivir más allá de sus capacidades económicas.

Las improvisaciones estuvieron a la orden del día, ya que la inmensa cantidad de ayuda recibida a través del aeropuerto de Puerto Príncipe se atascó de mala manera, por no existir suficientes equipos de camiones y cargadores para hacerla llegar a los puntos de distribución o de acopio y luego entregarla a los millares de damnificados. Tan solo la ayuda dominicana, menospreciada e ignorada por las grandes cadenas de la televisión norteamericanas y europeas, no se hizo esperar, y a pocas horas del sismo se hizo presente dentro de sus capacidades ayudando a mitigar la desesperación de los damnificados.

Ni hablar del figureo que los políticos, empresarios y figuras públicas dominicanas han exhibido diariamente en todos los medios, para dar a conocer su generosidad y presentarse como indulgentes aportadores de ayuda, en jubiloso pregón. De esa manera empañan el aporte silencioso y abnegado de decenas de médicos en agotadoras jornadas en hospitales mal abastecidos, de muchos socorristas de la Defensa Civil y de la Cruz Roja que no se han detenido de trabajar con dedicación en el rescate y consuela a los seres humanos damnificados.

Hay muchos temores para el futuro y de cómo se emprenderá la acción de reconstrucción de Haití. Es evidente que la masiva presencia norteamericana en el vecino país señala desde ya que pretenderán ubicar a sus grandes compañías de contratistas, tal como lo han hecho en Irak y Afganistán, para apropiarse de lo mejor del pastel de obras a construir, dejando a contratistas franceses, dominicanos y brasileños con la parte menos apetecible de ese voluminoso conjunto de obras de viviendas, edificios institucionales, carreteras, acueductos, electricidad, etcétera, que al decir de algunos supera los diez mil millones de dólares.

La reconstrucción demandará una gran cantidad de mano de obra y por eso la industria de la construcción dominicana se resentirá cuando pierda parte de su personal haitiano ya entrenado. De seguro que sus salarios serían muy superiores a los 200 pesos diarios que ha comenzado a pagar las Naciones Unidas a los haitianos para las labores de limpieza de calles y desescombro para remover las ruinas de los edificios destruidos.

La tragedia haitiana ha espabilado al mundo, y la generosidad demostrada por las naciones, refleja el impacto que la magnitud del desastre provocó en los sentimientos universales. La rapidez de cómo los dominicanos hicieron suya la tragedia, para volcarse en socorro de sus vecinos isleños, modificará los conceptos que se tenían en muchos sectores, del racismo dominicano. Con la ocurrencia del cataclismo ha hecho renacer la comunidad de dos pueblos, que diferentes en creencias y conductas, están unidos por el plazo de la coexistencia obligada en una pequeña isla caribeña.