Abogado, ¿defensor técnico?

JULIO CÉSAR CASTAÑOS GUZMÁN }
Un abogado es más que un técnico, es también el que escribe e investiga. En su consulta hace de intérprete de la Ley; crea doctrina y predice o profetiza la jurisprudencia. Como vive entre preguntas que se formulan y pareceres que se contradicen, se convertirá en filósofo aunque no lo quiera, e indefectiblemente terminará preguntando y preguntándose: ¿quién soy? Como todo cientista social apoya su prognosis en los anales de una casuística que se va renovando; y, debe estar atento al rumbo de los acontecimientos; y, sobretodo, advertido de las novedades legislativas. La búsqueda de la verdad lo acosará durante toda su vida cual aguijón de un boyero implacable.

El abogado es tribuno que postula a favor de sus representados; pero, lo hace desde la trascendencia de encontrar la justicia. Don Quijote diría que el arma de los togados es la lengua. ¿Quién no quisiera servirse de esta tremenda arma? La palabra tiene poder. Es una saeta que una vez disparada por el arquero se hace irrevocable.

La técnica es apenas una destreza en el uso de los procedimientos y recursos, una habilidad para obtener algo. El técnico aplica la ciencia conocida; pero, no hace ciencia. Se sirve en su oficio el abogado de la técnica relativa a la ciencia jurídica y se curte en el calor de los estrados.

Mas su afanada actividad, y lo que se espera de él, supera desde el punto de vista deontológico el campo de la mera técnica, ya que, debe buscar el núcleo y los contenidos esenciales de cada norma, la juridicidad de los argumentos y la razón en cada afirmación.

Sir Tomás Moro –Canciller y Primer Abogado de Inglaterra– perdió la vida tras ser encarcelado por orden del Rey en la Torre de Londres, por su negativa a ofrecer una consulta complaciente que desdecía su íntimo criterio jurídico en relación a la validez del divorcio de Enrique VIII. Tremendo el valor personal de este gran jurisconsulto inglés, que ascendió a los altares de la santidad por su entereza. Su ejemplo es digno de emulación para todos los juristas y políticos del mundo.

La sabiduría de Gandhi estaba muy por encima del dominio de un procedimiento jurídico en particular. Él descifró del mismo Evangelio de Jesucristo y de otros filósofos como Toreau, que poner la otra mejilla podría ser en la lucha política y legal por la liberación de la India un arma imbatible, un nuevo camino más eficaz que el uso de la violencia. Y lo demostró derrotando al Imperio Británico.

Pero antes el Mahatma había descubierto, en su ejercicio como próspero y exitoso abogado en Sudáfrica, que la verdadera misión del abogado es solucionar amistosamente los pleitos. Anticipándose por muchos años a lo que hoy es el nuevo paradigma para la Resolución Alternativa de Conflictos, tan en boga y muy bien documentado por la Universidad de Harvard.

Es una pena que el nuevo Código de Procedimiento Penal denomine al abogado con el calificativo de “Defensor Técnico”, reduciendo su condición a la simple racionalidad y al positivismo de una defensa basada fundamentalmente en la técnica jurídica, dejando de lado esta otra dimensión de lo trascendente. Lo esencial es invisible a los ojos.

La toga no es un mandil, mucho menos un delantal, y que me excusen los que dignamente en su trabajo precisan de estos elementos de faena. El túnico que reviste al abogado en la sala de audiencias de un tribunal en el fondo lo inviste con un ministerio. La toga siempre cubre de una dignidad. Conforma una magistratura, ya que, en todo abogado hay un pensador… un maestro.

Un birrete no es una cofia, mucho menos un tocado de ocasión; muy a pesar de sus molestias, simboliza en el color de la borla, la propia dignidad de paráclito en el momento procesal que actúa al abogado. No en balde se trata de seda blanquísima en la especie de los leguleyos, como si quisiera de alguna manera expresar, que en toda defensa interviene el diamante del pensamiento.

El abogado se sirve de un instrumental para el desempeño eficaz de su trabajo; pero, está llamado a trascender el oficio. Muchos de los problemas que se le presentan al abogado no se resuelven con simples habilidades de maromero; o, con diligencias de alguaciles y venduteros públicos.

Se solucionan con sabiduría e inteligencia. No pocas veces, ante la realidad de situaciones o dilemas que carecen de solución conocida, sólo pueden ser acometidos con mucha Fe. Razón y Fe –diría Juan Pablo II– las alas de un mismo pájaro que se levantan para la contemplación de la Verdad.

A Jesús le presentaron una mujer sorprendida en adulterio, y sus acusadores –conociendo de antemano la respuesta– le preguntaron con mala fe ¿Qué debía hacerse con ella? Pero el Maestro, armado de silencio, formuló como buen abogado un desafío: El que esté libre de pecado que le lance la primera piedra. Y todos, comenzando con los más viejos, se fueron retirando, y dejaron caer las piedras.

El Rabí de Galilea cambió el ángulo para instruir el caso. Haciéndolo de esta forma, libra a la mujer adúltera de las pedradas fatales, y la despide, mostrándole el camino para salvarse obteniendo su enmienda como persona, que al final de cuentas es el verdadero fin del derecho, ya que la ley es para el hombre, y no el hombre para la ley.

A finales de los años sesenta, siendo apenas un mozalbete, acompañé a mi padre Julio César Castaños Espaillat, a una causa en la ciudad de Bonao, pues habían apresado arbitrariamente en esos años difíciles a un hijo de José Delio Guzmán.

La sala de audiencias estaba repleta de personas aguardando, y arrancó la audiencia de Hábeas Corpus contra la injusta prisión. Papá estaba entogado, lucía inmenso en el estrado, postuló con tanto ardor y pasión, que su defensa llenó el ambiente de un aire mágico. Estaba impetrando Justicia.

El Juez después que terminaron los debates, de inmediato dictó la sentencia ordenando la puesta en libertad del preso, el público pegó un salto y la sala se fue abajo. Entre el ruido del estrépito de la muchedumbre alzaron en andas a papá. Y alcancé a ver -al mismo tiempo-que su toga iba en volandas.

Ese día, sin que nadie me explicara nada, sentí la pasión, el deseo. Y me estremeció el pálpito de que un día yo sería… Abogado.