Abril: cuarenta años después (1 de 2)

NARCISO ISA CONDE
Abril 1965. Algunos (as) pueden sentir nostalgia. Otros (as) recordarlo con orgullo. Pero lo más importante es valorarlo y proyectarlo en el presente por lo que realmente significó. *Una revolución democrático-popular casi victoriosa.

* El ensayo de poder popular y de democracia directa más importante de nuestra historia republicana.

* La gesta patriótica más relevante del siglo XX. La oligarquía tradicional y sus representantes políticos fueron desplazados del poder con la deposición del triunvirato golpista.

Las fuerzas armadas construidas durante la intervención militar estadounidense de 1916-1924 y ampliadas y modernizadas durante la era de Trujillo estaban en vía de ser desmanteladas.

En cuestión de horas la resistencia militar reaccionaria, representada por los contingentes ubicados en la base de San Isidro y sus aliados, pudo ser derrotada y la victoria constitucionalista completada.

El poder de los comandos de soldados, trabajadores, militantes de izquierda, estudiantes, profesionales y perredeistas se extendía por toda la capital y se proyectaba el triunfo hacia todo el país.

La Constitución de 1963, la más avanzada de la historia republicana, fue reinstalada. Y las instituciones de la democracia liberal representativa fueron sustentadas por un poder mucho más democrático y participativo: el de los comandos constitucionalistas y el pueblo combatiente.

El gobierno que respaldó durante dos años la administración estadounidense, las clases y sectores que le servían de base a la dominación oligárquica-imperialista, sustentadas por las fuerzas militares más afines a su concepción de Estado, estuvieron a punto de ser derrotados por un gran aluvión popular y por fuerzas políticas que actuaban independientemente de Washington.

Por eso, desde el punto de vista de los intereses que predominaban en los EEUU, la intervención militar ejecutada en ese preciso instante no fue un error, sino una necesidad.

Y no porque la revolución fuera “comunista” o estuviera “influenciada por los comunistas y las izquierdas”, como se pretextó propagandísticamente para tratar de justificar ese hecho en el marco de la guerra fría, sino porque sencillamente se trataba de un proceso autodeterminado, independiente, fuera del control de los EEUU y sus aliados internos.

Un proceso original, intolerable para la potencia que derrocó el gobierno de Juan Bosch y que respaldó los resultados del golpe de Estado de 1963.

Intolerable porque el país se situaba en un curso todavía más democrático que después de las elecciones de 1962. Más democrático y más independiente: con una revolución popular en marcha, con un nuevo sujeto social en el poder, con una mayor diversidad democrática en sus instituciones, con unas nuevas fuerzas armadas surgida de lo mejor del ejército regular y del pueblo en armas.

En verdad los comunistas y las izquierdas éramos parte importante de ese proceso pero no fuerza hegemónica. La alianza era amplia y diversa y el liderazgo dentro de ella le correspondía a Caamaño y a los militares constitucionalistas. El PRD, por demás, era el partido mayoritario y tenía los principales lideres políticos del país: Juan Bosch y Peña Gómez.

En verdad la composición de la dirección del proceso resulta irrelevante para determinar la verdadera causa de la intervención militar estadounidense: la derrota de sus aliados civiles y militares, la destrucción de las fuerzas armadas bajo su tutela y el rol del pueblo combatiente en ese proceso de cambios trascendentes. Fue esa realidad la que le exigió al Pentágono sustituir esas fuerzas derrotadas por sus propios marines.

El volumen de la intervención, 42 mil soldados extranjeros, indica la envergadura de la crisis: la existencia de un proceso de cambios que se le iba de las manos a pocas millas de su costa, en momentos en que ejecutaban la intervención en Vietnam a miles de kilómetros de distancia.